viernes, 21 de febrero de 2014

La mariposa

Ana vuelve del trabajo.
Julio, noche fría. A pesar de las advertencias de su madre se dirige al túnel debajo de las vías.
Descree de todos los mitos que se tejieron desde que lo construyeron. Por las dudas, apura el paso en cuanto se interna en el pasadizo.
De repente siente un cosquilleo en la base del cuello. Se toca, no tiene nada. Será la mariposa que quiere volar. Se rie de su propia ocurrencia, pensando en el único tatuaje que se permitió tener. Una mariposa de colores, chiquita, en el cuello, bien arriba para que el pelo la tape.
 Sigue caminando rápido. Esta vez es más que una sensación, realmente siente una punzada en el mismo lugar. Tiembla de miedo. Se da vuelta con la certeza de que hay alguien más. Nada. Qué tonta se dice cuando el paso de un auto con las luces prendidas la tranquiliza.
 Otra vez, da un manotazo en el aire. Su mano roza algo, que no sea un murciélago, ruega para sí. De sólo pensarlo le da asco.
Casi corre, mirando desesperada la salida. Otra vez la presencia, otra vez se da vuelta y nada. El dolor en el cuello es insoportable. A duras penas sale a la calle.
Cae como una marioneta a la que le cortaron el piolín.
Su cuerpo yace en la morgue a la espera de su madre.
Lacónica la ficha dice: Ana Rosales, 32 años, sin signos de agresión, heridas ni golpes. Causal de la muerte: paro cardiorespiratorio, llegó a la guardia sin signos vitales. Marcas, cicatrices o tatuajes: ninguno.

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