domingo, 22 de diciembre de 2013

Juancito

Vive en la calle . Como puede. Llaman la atención sus ojos tristes y su físico huesudo. Según cuentan en el barrio se escapó de varios hogares de acogida y de un instituto de menores. Cuando le preguntan el porqué, responde que su mamá le dijo que la esperara allí, en esa misma esquina en la que se lo ve todas las tardes. La verdad es que su madre o la mujer con la que vivía en la villa lo dejó de "seña " y nunca volvió, o lo intentó y no pudo. Quizás esté muerta o en cana. El pibe dice que se llama Juan Serra,
incomprobable, ya que según averiguaciones de un juez de menores que se interesó, el menor no tiene documentos.
Juancito no entiende porqué no lo dejan allí tranquilo, él no molesta a nadie, es cierto. Cuando hace frío o llueve se refugia en el túnel de la estación, los demás días se las rebusca abriendo las puertas de los taxis o ayudando con los carritos del supermercado.
Según dice aprendió a leer solo, con los carteles y las revistas viejas que encuentra en la basura. Comida no le falta, le dan pan en la panadería, y en el grill de la estación siempre tienen un paquetito para él. Hasta en el dispensario le aplican las vacunas, sin preguntarle nada y hasta le han dado algún antibiótico cuando tuvo fiebre. Más no pueden  hacer, una vez que tenía neumonía se escapó de la sala de guardia del hospital municipal. Va cada tanto al colegio para que lo dejen ver en un libro de geografía para ver donde quedan lugares que le escuchó nombrar a su mamá.
Nadie sabe cuántos años tiene. Él dice que ocho, los que lo conocen de siempre, calculan más. En todo caso es un asunto que a él no le preocupa. Su misión es estar en la esquina de la plaza, todos los días, de cuatro a seis, así haga frío, calor, llueva o truene.
Una señora trató de que se quedara en su casa, doña Ana, viuda sin  hijos. Hasta averiguó en los tribunales cómo se hacía para tener la tutela. No hubo caso el mocoso no soportaba la idea de estar encerrado y sistemáticamente se fue cada noche después de comer.
Una vez vinieron de una revista dominical y le sacaron varias fotos. Salieron en el suplemento con  el título: "Desidia y abandono en Quilmes". En realidad, la nota había sido pensada para lucimiento de una joven cronista en ascenso. Sin embargo, la foto causó revuelo, los ojos de Juan sobre todo, ojos negros, tristes, viejos. Si ojos viejos, como si hubieran vivido varias vidas tristes. Al mismo tiempo su mirada denotaba cierta
sabiduría ancestral, como si hubieran pertenecido a otros seres, a otras épocas, a otros lugares.
Lo acompaña un perro de raza indefinida, guachito como él. Juancito comparte la comida con el perrito de igual a igual. Es su única compañía. No le gusta estar mucho tiempo con chicos de su edad y se niega a reconocer si alguno le dice que lo conoce de la villa.
En el único bolsillo de su pantalón raído conserva una foto ajada en la que se ve un nene chiquito, una adolescente y una señora cuarentona muy bonita. Él dice que en la foto está con su mamá y su abuela en La Plata, 
cuando vivían en una casa de verdad y él veía de vez en cuando a su abuelo. Después su abuela se fue y tuvieron que dejar la casa y tomaron el tren con el atadito de sus cosas y se bajaron en cualquier estación  para probar suerte.
Cuando su mamá se iba a trabajar, él quedaba con una vecina que le gritaba y varias veces le pegó sin ningún motivo. Por eso, cada vez que su mamá lo dejaba él se escapaba y la esperaba en la estación.
Pasó el tiempo, se lo veía cada vez más flaco, más pálido y más triste.
Lo encontraron una mañana fría, en un banco del andén. Los ojos abiertos, sorprendidos, el perro a su lado, como queriendo darle calor. Nadie reclamó
su cuerpito y lo llevaron al cementerio como NN.
Estará reunido con su mamá o la seguirá esperando de cuatro a seis?




viernes, 6 de diciembre de 2013

Acromía



Me despierto sobresaltada. Habrá sido un ruido. Medio dormida llego al baño. Qué silencio. Voy a la cocina a preparar el mate. Miro el reloj 6.50. Es temprano. Qué silencio. Será porque es temprano. El agua caliente moja la yerba, gris? Estoy dormida todavía. La pava eléctrica me parece más negra que de costumbre. Debería haber dormido una hora más. Qué silencio. 
Enciendo la radio, las voces me resultan
desconocidas. Es el mismo programa de siempre, pero es como si hablaran sin entusiasmo. Suena el top de las 7.00. Qué raro y la cortina musical? Habrá muerto alguien importante y declararon duelo nacional? Si embargo no dicen nada. Mejor sigo con el mate. Qué tengo que hacer hoy: turno con el dentista a la 9, super, verdulería. A la tarde clase de canto. Uy, no estudié mucho. Busco el pen drive y lo enchufo en el
reproductor. No se escucha nada, se borró? Me da fiaca encender la compu. Mejor busco la hoja con la letra y la canto así sin pista. Encuentro la hoja pero está en blanco. Me confundí, no la encuentro. Me acuerdo que tengo el cd con la versión de Mercedes Sosa, lo pongo y nada. Lo saco, lo miro y parece uno virgen, ni una marquita. Trato de  no darle importancia. Quiero tararear la samba pero no me sale nada. En realidad, no me acuerdo cómo es la canción. En este momento no me acuerdo ni el arrozconleche. Y si falto? Agarro el celular y mientras llama se escucha un zumbido, me atiende una voz desconocida. Gaby? Si, te quería avisar que hoy no voy a la clase de canto. De costura querrás decir. Si claro, le sigo la corriente y cuelgo.
Tengo que regar las plantas. Salgo al balcón, grises, las hojas están grises!
Decididamente hoy no veo los colores. Me parece que en vez de ir al dentista tendría que ir al oculista. Se me fueron las ganas de regar.
Me ducho y me visto sin mirar. En el ascensor me llama la atención que no está el espejo de siempre. Se habrá roto. Salgo a la calle, todo muy raro, pero parece que a nadie le preocupa. Estoy perdiendo la razón o la vista, me parece que las cosas están pálidas, no, en realidad están grises. Me cruzo con el encargado del edificio. Qué tal José? Pasó algo? No que yo sepa. Ah, se ve todo tan diferente. No crea doña, lo de siempre, la rutina gris de todos los días. Desde cuando José hilvana más de dos palabras todo seguidito.
Voy para la verdulería. Qué tenía que comprar? Tomates, bien coloraditos, le digo al chico. Me mira como si estuviera loca. No es para menos, los tomates son grises! Pago y me voy. El colectivo es blanco y negro, desde cuando? Me acerco a la vidriera de la zapatería: como lo sospechaba, solo hay zapatos, blancos , negros y......grises!
Sigo caminado no muy convencida, la veo a Nancy que viene hacia mí. No está sonriente como siempre. La saludo, Nancy qué raro que está todo, no? Me mira sin entender. No, como siempre. Si pero sin color, le digo. Color, qué palabra tan antigua nadie la usa. Querrás decir sin cromos. Bueno, sí. Deberías estar acostumbrada, hace tanto. La dejo perpleja, yo, ella no. Vuelvo a casa, en una vidriera me miro de reojo.
Tengo un pantalón negro y una blusa gris. Yo no tengo ese tipo de ropa, digo de esos colores; no, se decía cromos. 

Entro a casa y llamo a mi hijo, mientras el teléfono llama miro y veo todo raro: el reproductor no está, en su lugar hay un aparato raro que no reconozco. Atiende mi hijo. Hola, ma. Me prestas tu disco de Mercedes Sosa que no encuentro el mío. De qué hablás ma? Quien es Mercedes Sosa y qué es un disco. Me estás bromeando. Si, claro se me acaba de ocurrir. Corto para que no piense que estoy loca. Me siento confundida, cansada, creo que debe esa hora que no dormí. Me voy al dormitorio, como lo sospechaba las sábanas son grises. Me acuesto y me duermo enseguida. :Me despierto y el sol brilla gris, como siempre. El silencio me tranquiliza,otro día más, gris como todos. Qué lindo silencio. Me levanto, enchufo la pava negra, lleno el mate con la yerba gris. Salgo al balcón, mis plantas reclaman un poco de agua. Que lindas se las ve, con ese gris brillante tan propio de esta época del año. Hoy qué tengo qué hacer? Dentista a las 9, super, verdulería, clase de costura al medidiodía.
Por suerte, todo está en orden y tranquilo.

domingo, 24 de noviembre de 2013

Glup

Francisquito era un niñito buenito y educadito. Había heredado de su tío Francisco los ojos negros y el nombre, junto con su diminutivo. Su tío era un hombrón coloradote y extrovertido, divertido y pícaro. Se mantuvo soltero hasta bien entrado en años, por eso era su padrino. Se casó grande con una mujerzuela que le sacó hasta las ganas de vivir.
Francisquito era un buen alumno, pero sufría de algo, que la maestra llamaba  "ausencias". Se perdía en sus pensamientos y quedaba como suspendido en el tiempo por algunos segundos, que a él le parecían una eternidad. En la adolescencia sentía vergüenza de su problema, lo cual le acarreaba ser el raro, el que no le daba bola a nadie. Habrá sido por eso que se dedicó con todo su empeño en terminar el secundario. No fue al viaje de egresados, en cambio hizo los trámites de ingreso a la
universidad, iba a estudiar ciencias. Mientras tanto, sus padres, preocupados, consultaban con psiquiatras y lo sometían a estudios y pruebas. No encontraban nada. Francisquito seguía teniendo esos episodios, incómodos, incomprensibles. Un día en una sesión de psicoanálisis, mientras le describía los episodios al profesional, sufrió uno. El profesional fue testigo de la ausencia que sólo duró unos segundos.
Cuando volvió en sí,  el joven le contó que los episodios eran cada vez más intensos. Sentía esa sensación de peligro inminente, de estar al borde de un precipicio y no podía pedir ayuda. Era una sensación de haber pasado varias veces por ese peligro, la sensación de una desgracia inevitable. El psicólogo le habló de ataques de pánico, para los cuales ya había sido medicado con fuertes dosis de clonazepán. Le habló también de deja vú, una sensación de haber vivido antes determinada situación, de haber estado en un lugar que en realidad nunca había pisado. Le recomendó que hiciera una vida normal, que buscara relacionarse con gente de su edad y que no le diera tanta importancia a su síndrome.
Francisco trató de hacer como si nada pasara y rogaba que esos episodios no pusieran en peligro su vida. No podía manejar autos, ni andar en bicicleta, ni dar clases, pues los alumnos se mofaban de sus ausencias, durante las cuales no escuchaba ni veía nada. Sólo era feliz en su laboratorio, en su mundo.
Los episodios, lejos de mejorar o desaparecer, eran cada vez más frecuentes y más intensos. La sensación era clarísima: en el momento menos pensado la tierra se abriría y lo tragaría. 

Francisco se convirtió en un ser temeroso. Ya no hacía tratamientos. Le costaba creer que su padecimiento era producto de un mal funcionamiento cerebral o un trauma psicológico. Tampoco hacía amistades por el temor a ser rechazado.
Se mudó de barrio y alquiló una casa apartada. Escribía artículos de divulgación científica, lo que le daban para comer. Aprendió a convivir con esa vida a medias, ese no placer, ese dejarse llevar y no pensar.
Un día la sensación fue poderosa, no podía ignorarla, se quedó quieto en medio de la vereda a esperar que pasara. Con estupor vio que las baldosas se abrían como una gran boca hambrienta. Desapareció en el hueco. Glup hizo la vereda. Y nunca más se supo de Francisquito. Nadie lo extrañó. 

Cada tanto alguien arregla la vereda, que inexplicablemente siempre aparece con baldosas flojas.

domingo, 17 de noviembre de 2013

María

Acaba de gozar como nunca lo hubiera imaginado. Un goce profundo, sombrío, bestial. Ahora se ve a sí misma al lado del cadáver y no lo lamenta. Se siente libre como nunca se había sentido en su vida. Mira la sangre que todavía mana del profundo corte y se reaviva su placer. Cómo puede uno gozar mientras le quita la vida a otra persona. Sólo ella, que ha permanecido sometida tantos años, lo puede comprender. Si pudiera lo volvería a matar, no sólo para asegurarse que realmente está muerto, si no para sentir otra vez ese orgasmo interminable, ese placer absurdo que la hizo sentir más viva que nunca mientras hundía el cuchillo en su ingle. Él la miró sin comprender. Si hasta hacía un instante habían estado entrelazados como tantas otras veces. Ahora sentía que su vida se le iba por la herida y la miraba como quien mira la foto de alguien desconocido, alguien que no denota ningún sentimiento en su rostro. No podía hacer nada, estaba paralizado, no sentía dolor, sólo la urgencia de que todo aquello acabase de una buena vez.
Se había conocido hacía muchos años. En ese entonces ella era muy joven aún, bella, con cierta sensación de fragilidad en sus grandes ojos negros. Su físico pequeño la hacía parecer un niño, sólo crecía cuando subía al escenario y entonaba aquellos viejos tangos. Su voz ronca y madura le daba a su cuerpo una dimensión que no tenía en realidad. Él la miraba desde el estaño, fascinado, tenía que hacerla suya con urgencia, llevársela con él, sin importar nada más.

Ella lo rechazó cuando él la invitó a una copa. No bebo con extraños. Bueno me presento, me llamo Juan. Ya no somos extraños. Yo sé que te llamás María, como la del tango. Brindo por vos!. Yo no quiero, ya le dije, y me voy, aquí no se puede respirar. No me desprecies chiquita, no sabés con quién te metés. No lo sé y no me importa, que te garúe finito.
Él la espero en el callejón y sin darle tiempo a nada se la llevó, así nomás como si fuera suya. Ella se resistió todo lo que pudo, hasta quedar agotada. Por aquel entonces él vivía en una covacha en el arrabal del puerto, a ella no le importó, sólo pensaba en cómo escapar de su carcelero. Hacían el amor bestialmente, al principio ella forcejeaba, hasta que se dio cuenta que no oponer  resistencia era lo mejor. Sin darse cuenta empezó a costarle cada vez menos dejarse llevar por esa pasión animal y gozar. Sus orgasmos eran prolongados y profundos. Después sobrevenía una paz desconocida. Se odiaba a sí misma por haber llegado al extremo de querer ser poseída de esa forma. Los años pasaron y era ella que lo incitaba al amor violento. En realidad, no los unía el amor, sino una necesidad carnal a la que no podían resistirse.

María siguió cantando tangos en el sucucho de siempre, la escuchaban los borrachos de siempre. Fue creciendo bien adentro un odio irracional, odio hacia ella misma y hacia Juan que la había convertido en lo que era ahora: una mujer vencida, envejecida, que sólo esperaba encamarse para tener un momento de ilusión de felicidad.
Quedó embarazada y él la obligó a abortar. La llevó a lo de una comadrona sucia y desdentada que le metió en la vagina vaya a saber qué cosa porque se desmayó. Cuando volvió en sí estaba bañada en sudor y ardía en fiebre. Si antes su cuerpo era delgado y huesudo, ahora casi no la sostenía. Se recuperó, pero nunca volvió a ser la misma. Ese odio visceral era cada vez más poderoso y sólo se silenciaba cuando yacía a su lado después del sexo bestial. Se decía que no podía quedarse más allí, pero al mismo tiempo no podía dejarlo. Crecía en ella el deseo de quitarse la vida, pero no tenía valor para hacerlo. Matarlo a él, ni pensarlo, cómo, con qué. No se imaginaba la vida sin él.  
Sin embargo, tenía que hacerlo para ser ella otra vez. Ser ella, qué ironía. Nunca volvería a ser la de antes y esa certidumbre la volvía cada vez más fría, más distante. Salvo cuando estaba en la cama con él. El fuego la consumía, era insaciable, siempre quería más. Se enardecía cuando él no podía responder a su pulsión. Así fue creciendo la idea de acabar con su vida, la de él. Primero lo mataría a él y después se quitaría su vida. Para qué seguir viviendo.

Le clavó el cuchillo que usaba para cortar la carne. Lo hizo despacio, con deleite. A medida que la hoja se hundía ella sentía ese placer inconfundible, el placer animal que él le había enseñado. Cuando ya no pudo enterrarlo más jadeó, no por el esfuerzo, si no por la satisfacción corporal que le proporcionó saber que tenía su vida en sus manos. Mejor dicho tenía en sus manos su muerte. Se dejó caer junto a él como tantas otras veces, disfrutando de esa paz que sólo aparecía en esos momentos. Él murió varios minutos después, con los ojos abiertos, con una mirada mansa desconocida. Ella escuchó a lo lejos la sirena del coche policial y se alegró de no haberse matado, tenía toda la vida por delante, para disfrutar del placer de no sentir nada. 

jueves, 14 de noviembre de 2013

Bichitis

Estoy escribiendo un cuento y un insecto se posa en la pantalla atraído por la luminosidad. Es un bicho entrometido que me distrae de mi cuento y escribe el suyo. Sigo pero no me concentro. Se mezcla con las letras, parece una letra. Lo espanto pero vuelve. Que insistidor. Quiere escribir o lo hace sólo para molestar? Me equivoco, creo que es una letra y cuando se mueve queda el espacio en blanco. Me acuerdo de una película que una mosca hace caca sobre una lista de nombres y es encarcelado, por equivocación, un fulano que no tenía nada que ver. Juego pensando qué apellido habría que modificar con caquita de mosca para que se lea el mío. Que boludez, a quien le importa? Sólo a mí, no encuentro ninguno. Sigo escribiendo pero no puedo dejar de pensar en el bicho, bicho, bicho, bicho, bicho, bicho,..qué estoy haciendo, me volví loca. No, tengo bichitis, que se cura de una sola manera... ya está, lo maté. Ahora hay una mancha negra en la pantalla, no se mueve, pero no puedo dejar de mirarla, tampoco puedo escribir........bichitis

isabel...

 Isabel, Isa es una señora muy aseñorada. Coqueta y buena moza, apasionada y charlatana. Es todo lo contrario a la palabra gris. Ella es a color, a todos los colores. Los primarios, los pasteles, los rayados, los lunares y el cuadrillé. Cocinera eximia y portentosa repostera. Su casa, grande y acogedora, tiene siempre olorcito rico. Su cocina cálida y llena de retratos que te miran, es el corazón de su hogar. Hogar también de sus mascotas, perritas, gato y gallinas. Le gusta salir y disfrutar de sus amigos. Conversadora animada, sus manos son hermosas y elocuentes. Va al teatro, a tomar el té mientras escucha ópera, a cenar. En fin disfruta, trabaja, atiende y entiende a sus nietos, se desvive por sus hijos. Después dice estar cansada, como no estarlo.
Un sábado después del cine vuelve a su casa en taxi desde el centro. Durante el viaje está intranquila, no está acostumbrada a viajar sola y menos de noche. Se resiste a darle charla al taxista, no quiere que se distraiga. Finalmente llega a su casa. Nerviosa no encuentra las llaves, finalmente abre y entra presurosa. Como un ritual empieza a encender las luces y hablar con sus perritas somnolientas. Revisa las ventanas y cierra la puerta de calle con tres vueltas de llave. Escucha una bocina. Mira sin correr la cortina y ve que el taxi todavía está ahí.
Se aleja de la ventana con miedo de que la vea el conductor. La bocina vuelve a escucharse. Isa se intranquiliza. Llamaría al 911, pero que les digo, que hay un taxista tocando bocina. No, no me tomarían en serio. Se dice que tiene que tranquilizarse, después de todo es solo una bocina y ella está bien cerrada en su casa. Mira otra vez por la ventana sin correr la cortina. El tipo acaba de bajarse del auto. Qué pretende. Lleva algo en la mano. No puede ver qué es. Se acerca al timbre y lo toca. Ella se sobresalta aunque lo vió acercarse. No se mueve. El insiste una vez más. Ella inmóvil. Él da golpecitos en la puerta. Ella se vuelve a sobresaltar. Insiste. Ella nada. Él la llama. Señora, abra, mire lo que tengo para usted. Está loco, por qué no se va, no se da cuenta que no voy a abrir. Golpea con más insitencia. Isa ahora está temblando. Qué hago, a quién llamo. Apago las luces, no voy a tener más miedo. Está paralizada. Piensa un momento, toma coraje, se acerca a la puerta y grita: váyase o llamo a la policía. El chofer: no se ponga así buena moza, no es para tanto, por qué no abre y le doy lo que tengo para usted. Isabel no puede creer lo que está escuchando. Se olvida del miedo y grita con más fuerza: vayase degenerado. Epa doña que no es para tanto. Si, tiene razón, piensa Isa. Más tranquila le pregunta qué quiere. Él tarde en contestar y ella se arrepiente de haberle hablado. Por que no abre y le cuento, dice risueño él. Qué caradura, encima se ríe. No voy a abrir si no me dice claramente qué quiere. Devolverle la cartera que se olvidó en el auto, tontita. Ella estalla en una carcajada y abre la puerta. Son las tres de la mañana, Isa y José, que así se llama el taxista, charlan, toman mate y comen una riquísima torta casera.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Lilí

Marta es una niñita poco común. Vive en su propio mundo. No es que le falte inteligencia. Todo lo contrario, pero es como si la economizara para sus propios fines. Tiene 6
años. Pero como dice su tía Angélica, parece más chiquita. Tiene una muñeca rubia y
de ojos celestes, como debería pedírsele a todas las muñecas, es casi tan alta como
ella y la acompaña siempre. Se llama Lilí, con acento en la i. Se la regaló su abuelo poco antes de morir, hace ya un año y medio. Si hasta ese entonces Marta era una niña
retraída, después lo fue más, si eso era posible. Mientras fue al jardín de infantes su
mamá la dejó tener a Lilí con ella. En realidad, la maestra no estaba muy de acuerdo,
pues mantenía una actitud distante con  los otros niños y sólo interactuaba con su
juguete.
Cuando empezó la primaria tuvo que dejar a Lilí en casa. Su conducta empeoró a tal
punto que intervino la psicopedagoga del colegio, que no supo muy bien qué hacer con la niña. Para conformarla su mamá le permitía ir hasta la puerta del colegio con Lilí y al
mediodía la esperaba en la puerta con la muñeca.
Pasaron las semanas y la conducta de Marta no mejoró. Sin embargo, era muy buena
alumna. Aprendió a leer antes que cualquiera y siempre tenía un libro nuevo consigo.
Pero de ninguna manera participaba en los juegos con los otros niños, parecía, en
realidad, que los ignoraba o que le eran extraños. Sólo era feliz o demostraba serlo en su habitación jugando con Lilí.
La cena era todo un drama. No comía si no le servían a Lilí los mismos alimentos y no
entendía razones cuando le explicaban que las muñecas no comen. Se enojaba a tal
punto que prefería irse a la cama sin comer.
A medida que pasaba el tiempo más conectada estaba con Lilí y más desconectada con
todo lo demás. Ahora ya no quería ir a la escuela por más que su mamá le preparara
pequeñas recompensas. Su tía Angélica le regaló otras muñecas, que ella ignoró, y un
oso de peluche hermoso que fue a parar al cuarto de su hermano.
Una tarde su mamá al acercarse a la puerta de su habitación la escuchó mantener una
animada conversación. Con quién hablás, Martita? Con Lilí, contestó espontáneamente.
Esos episodios se repitieron hasta tal punto que sólo se la escuchaba cuando hablaba con la muñeca.

Un lunes a la mañana le pidió a su mamá no ir al colegio. Mamita me parece que tengo
fiebre, me dejás faltar. Su mamá accedió.
Cuando la fue a buscar para almorzar encontró la puerta del cuarto cerrada. Abrime
Martita que ya está lista la comida. A Lilí qué le preparaste, mamita?  Su mamá no sabía si contestar con forzada naturalidad o, una vez más, explicarle que las muñecas no comen. Martita quiso almorzar en la cama. Su mamá le llevó los dos platitos en una bandeja.
Cuando volvió no había ni rastros del puré en ninguno de los platos. Se conformó con la
idea de que su niña estaba comiendo mejor. Más tarde cuando volvió para que su hija
tomara la leche, encontró, otra vez, la puerta cerrada. Y otra vez le pidió a su hija que
abriera y que no se encerrara más. La voz que escuchó le pareció un tanto extraña, pero
prefirió no darle importancia. Cuando entró encontró a la nena durmiendo plácidamente y la muñeca, erguida, sentada en una sillita.
A la noche esa misma voz extraña le dijo que no iba a comer.
Por la mañana, cuando fue a despertar a Martita se encontró con algo que no podía o no quería entender. Lilí remoloneaba en la cama, diciendo que tenía fiaca, mientras Martita, inmóvil en la sillita, la miraba con ojos enormes, sin moverse. Mientras decidía qué hacer o a quien llamar, Lilí, con voz adormilada le decía: mamita hoy no voy al cole si Martita no viene conmigo.

Días después se vió a la mamá, por la calle, llevando de la mano a una enorme muñeca y hablando con ella con naturalidad.

jueves, 31 de octubre de 2013

En otra vida

Se cruzaron una tarde. Ella, Analía, recordó esos ojos oscuros, en realidad recordó como la miraban esos ojos. Cuando? En otra época, en otra vida, en otro lugar? No lo sabía, y sin embargo, no podía borrar esa sensación de que esos ojos la miraron con amor.
Siguió caminando y retuvo ese pensamiento todo el día. En realidad, no quería dejar de pensar en eso, se sentía acompañada. Su vida era solitaria. No se quejaba de eso.
Escritora de cierto prestigio, tenía una renta que le permitía vivir sin lujos y sin sobresaltos. Sus amores, dos gatas y un perrito viejo, eran su compañía. No pedía más. Huérfana desde muy chica fue criada por la hermana del padre, que le enseñó la frugalidad como virtud.
Durante varios días pasó por el mismo lugar a la misma hora. No lo volvió a ver. Su imagen se fue borrando, alto, delgado, pelo oscuro? Solamente los ojos, la mirada permanecieron intactos en su memoria.

Cuando Pablo se cruzó con ella, recordó su boca, recordó que esos labios alguna vez le dijeron palabras de amor al oído. Cuándo, dónde? En otra época, en otro lugar? No podía precisarlo. Se dio vuelta y sólo vio el cabello largo y con reflejos rojizos de ella.
Cómo era su cara? Solamente podía describir a la perfección su boca, de labios rosados, turgentes, que alguna vez habían besado los suyos. Era así o lo estaba imaginando?
Siguió su camino y ese pensamiento lo acompaño todo el día. Su trabajo, su familia, el hijo por venir llenaron sus horas y sus días. Se había casado hacía algunos meses cuando su novia, compañera de estudios en la universidad, aseguró estar esperando un hijo suyo. Sin embargo, en el momento menos pensado le sorprendía el recuerdo de esos labios, de esa boca tan querida. El no intentó volver a encontrarla. Pura cobardía.
Los dos siguieron con sus vidas. Ella con sus libros, sus gatas y su perro viejo. Vida solitaria, pero plácida. Él ocupado de su familia, con un puesto de profesor en una escuela secundaria. Frustración era la palabra que regía sus días.
Pasaron algunos años, Analía se quedó sola, sus animalitos habían muerto. Una mañana se despertó con una sensación de urgencia. Tenía que ponerse a escribir, no podía ocuparse de otra cosa. Al principio pensó, mientras escribía, que estaba relatando un sueño. Al releer lo escrito tuvo la sensación de que lo había vivido. Eran recuerdos? La protagonista de su cuento, Virginia, era una muchacha feliz, hija de uno de los jardinerosde palacio. Bonita sin estridencias, su pelo rojo la hacía especial. Un día conoció a Ernesto, el noble hijo del señor feudal de la comarca. Alto, delgado, de pelo oscuro, sus ojos la enamoraron inmediatamente. La miraban con amor. Ernesto se enamoró de esa boca de labios rosados que pronto le susurraron palabras de amor al oído. 
Vivieron un apasionado romance, clandestino. Pronto el padre de Ernesto le encomendó la defensa de sus posesiones. Viajó cientos de kilómetros y en lo único que pensaba era en su amada Virginia. 
El padre de ella le prohibió huir tras su amado. Pasaron los años y nunca más se vieron. Sin embargo, ni un solo día de sus cortas vidas dejaron de pensar el uno en el otro. Ella extrañando esos ojos oscuros que la miraban con amor. Él soñando con esa boca de labios rosados que le susurraban palabras amorosas. Ambos murieron jóvenes y guardaron ese amor como su secreto más preciado.
Analía termina de escribir febrilmente y se reconoce en la protagonista de su cuento. Se convence que ha vivido otra vida, más apasionada que la suya y llena del amor de Ernesto. Se da cuenta, además, que ese es el origen de su obsesión por aquel hombre con el que se había cruzado años atrás, y del que ni siquiera sabía su nombre. Estaba convencida de eso.
Su editor la convenció de publicar el cuento. Ella puso como condición firmarlo con un pseudónimo, Virgina Leblanc.
Analía murió con la certeza de que en otra vida se encontraría con Ernesto.
Pablo la sobrevivió un par de años. Una tarde, como otras, su nieta le regaló un libro comprado en una librería de viejo. Era un libro de cuentos de una autora que no conocía Analía White. Entre ellos había uno que le pareció conocido, como el relato de uno de sus sueños o de una vida pasada, lo firmaba otra persona. En la contratapa había una foto de la autora. No podía creerlo, esos labios, eran los labios; esa sonrisa, era la sonrisa. El pelo rojo, los labios rosados. Era ella, no había dudas. Murió abrazado al libro.
Finalmente Virginia y Ernesto , o Pablo y Analía, se tenían el uno al otro como en otra vida.


viernes, 25 de octubre de 2013

Bosquecito

Caminito de hormigas. Adónde van? Muy alineadas, todas llevando una carga mucho más grande que su cuerpecito. Perro durmiento al sol. Estará soñando? Sueñan los animales? No importa. Se lo ve feliz. Bosquecito de pinos. Muy egoistas ellos, no permiten que crezca nada a su sombra. Lindo para caminar, crocante, crujiente. Lindo ruidito.
El sol se cuela por las ramas de los árboles, produce dibujitos en el suelo. Feitos ellos, por qué? Será por la falta de una geometría que los explique? o por la ausencia de la mitrada de un artista que sienta y no analice?
Silencio. No, silencio no, hay pajaritos que cantan o pretenden hacerlo, algunos muy bien, otros tendrán que seguir practicando. Silencio no, porque la ruta está cerca y las autos y camiones pasan raudos. Por qué tanto apuro? Será realmente apuro o es la costumbre de apurarnos y no preguntarnos para qué?
Yo misma recorro el bosquecito a paso rápido, casi sin mirar o escuchar. Me paro y ahi nomás a mis pies descubro plantitas de frutillas. Si frutillas, chiquitas, rojas, redonditas. Ni siquiera las toco, no vaya a ser que las moleste. Sigo parada y descubro unos helechos insolentes. Cómo se les ocurre ser más hermosos que los que venden en los viveros? A quién le pidieron permiso? Atrevidos. Con los árboles pasa lo mismo, erguidos derechitos, hamacándose tranquilamente, como si nada pasara. Acaso no saben lo mal que anda todo o lo saben y no les importa?
Me pregunto que me llevó a escribir esto. Le interesa a alguien? A mí me interesa? Sería má elegante si le sacara el signo de pregunta. Más elegante, pero menos sincero. El bosquecito hace mucho que está ahí. ahora lo recorro casi porque no me queda otro remedio. O camino por allí o por un camino polvoriento desangelado. También puedo ir por la vera de la ruta. No, decididamente no. Aburrido, ruidoso, peligroso.
Creo que tengo la respuesta: es una despedida. Dentro de algunos meses quedará atrás como tantas otras cosas. Una despedida y el preludio de una nueva etapa. Más tranquila, necesaria, sin las ansias juveniles y los entusiamos del apogeo de la vida.
Si es eso una despedida, sin melancolía, con la certeza de que la necesito. El bosquecito a mí no. No? Dejo la pregunta.
Por qué saqué la foto? Aparentemente estaba jugando con la cámara del celu. No, las fotos eternizan instantes y creo que necesitaba hacerlo. Bah, eternizar suena a demasiado. Documentar es más adecuado. Eso, o mejor registrar. Eso es, tener un registro objetivo de un lugar, un momento, una época. Ufa ya me puse pesada. Sepan perdonar, si es que alguien está leyendo esto. Estoy grande, soy una señora grande, como dice la diva de los almuerzos. Merezco sosiego. En realidad, no sé si lo merezco. En realidad, es natural que así suceda. Estoy tratando de darle una placidez que es más deseada que real.
Por el momento dejo aquí, me voy a caminar por el bosquecito. Sacaré unas fotos de otro lugar mágico: el arroyito y a lo mejor le dedico unas líneas. Chau.
Ezeiza, 25 de octubre de 2013

martes, 22 de octubre de 2013

Demolida



Ella iba y venía por el caminito de lajas que comunicaba la casa con una pequeña construcción al final del terreno, arrancando hojitas, colgando la ropa en el alambre. Meparece recordarla con un perrito enredado en sus piernas. La veía cada vez que me asomaba desde mi balconcito para ver la vida.
La dejé de ver, no sé cuando. Fue una de esas ausencias imperceptibles, como había sido su presencia. En realidad me dí cuenta porque el jardín ya no era el mismo, se lo veía solitario, intrascendente, nadie le daba sentido a su existencia.
Y fue curioso lo que pasó, así como no le había dado importancia a su presencia, su ausencia hacía trascender mis salidas al balcón. Además, nunca me había fijado en la casa, ahora lo hacía, en realidad un hermoso chalet, como aquellos tan numerosos décadas atrás. Parecía que su legado había sido existir a través de su casa y su jardín. No fue hasta mucho después que supe que la ausencia se debía a su muerte y lo supe en forma indirecta cuando alguien me habló del viejo viudo de la casa de al lado. Que
notable que una existencia se devele por su no existir. ¿Triste? Puede ser.
Y así como tiempo atrás me asomaba a mi balconcito, ahora, antes de entrar en el edificio constataba la presencia del anciano en la galería delantera. Pasaba las horas ausente en su silloncito mirando la calle. ¿Esperando? ¿Qué?
Por una vecina me enteré que el hijo del anciano no había logrado convencerlo de que vendiera la casa. Vivía con el corazón en la boca sabiéndolo al padre, solo, triste desamparado. ¿El perro?  Nunca más lo vi.
Hace un  par de meses una mañana fui despertada por golpes que hacían vibrar el edificio.  ¿Qué pasa? Están demoliendo el chalet de al lado.
La insensibilidad de la maza no distinguía recuerdos de ladrillos, los obreros iban y venían. El escombro al contenedor, las maderas al fuego.
Trste ver un trozo de manpostería con la marca de un cuadro tal tatuaje descolorido.
Una mañana silencio. Claro llueve, hoy no trabajan. Me asomo y veo una bañera intacta, verde brillante por el barniz de la lluvia; que historias se hilvanaron en su seno, de que impudicias fue testigo, el recuerdo, el ya no ser.
Ayer se llevaron los últimos escombros, en la vereda un anciano, ¿el anciano? Creo que sí. Ha venido a presenciar como se llevan las últimas miguitas de su casa. Lo que queda es terreno arañado que supone una ausencia. Tierra rascada mezclada con recuerdos.
Quizás un fantasma de una señora con un  viejo delantal de cocina y un perrito enredándose en sus piernas. Nada más. ¿Dónde irán a parar las almas de las casas demolidas? ¿Existe un cielo de casas adonde van a parar los espíritus de las casas que albergaron seres felices, que amaron, que fueron amados?
No lo sé, sólo tengo la certeza que ningún edificio lujoso o modesto, hermoso o no podrá reemplazar esas casas sólidas, cálidas, construidas con amor y pensadas para durar para siempre, que albergaron amores, nacimientos, ilusiones, pelear, duelos y nacimientos. Casas con alma, demolidas para ser reemplazadas por viviendas desalmadas.