Vive en la
calle . Como puede. Llaman la atención sus ojos tristes y su físico
huesudo. Según cuentan en el barrio se escapó de varios hogares de acogida y
de un instituto de menores. Cuando le preguntan el porqué, responde
que su mamá le dijo que la esperara allí, en esa misma esquina en la que se lo
ve todas las tardes. La verdad es que su madre o la mujer con la que
vivía en la villa lo dejó de "seña " y nunca volvió, o lo intentó y no pudo.
Quizás esté muerta o en cana. El pibe dice que se llama Juan Serra,
incomprobable,
ya que según averiguaciones de un juez de menores que se interesó, el menor no
tiene documentos.
Juancito
no entiende porqué no lo dejan allí tranquilo, él no molesta a nadie, es cierto.
Cuando hace frío o llueve se refugia en el túnel de la estación, los demás días
se las rebusca abriendo las puertas de los taxis o ayudando con los
carritos del supermercado.
Según dice
aprendió a leer solo, con los carteles y las revistas viejas que encuentra
en la basura. Comida no le falta, le dan pan en la panadería, y en el grill de
la estación siempre tienen un paquetito para él. Hasta en el dispensario
le aplican las vacunas, sin preguntarle nada y hasta le han dado algún
antibiótico cuando tuvo fiebre. Más no pueden
hacer, una vez que tenía
neumonía se escapó de la sala de guardia del hospital municipal. Va cada tanto
al colegio para que lo dejen ver en un libro de geografía para ver donde quedan
lugares que le escuchó nombrar a su mamá.
Nadie sabe
cuántos años tiene. Él dice que ocho, los que lo conocen de siempre,
calculan más. En todo caso es un asunto que a él no le preocupa. Su misión
es estar en la esquina de la plaza, todos los días, de cuatro a seis, así haga
frío, calor, llueva o truene.
Una señora
trató de que se quedara en su casa, doña Ana, viuda sin hijos. Hasta averiguó en los tribunales cómo
se hacía para tener la tutela. No hubo caso
el mocoso no soportaba la idea de estar encerrado y sistemáticamente
se fue cada noche después de comer.
Una vez vinieron
de una revista dominical y le sacaron varias fotos. Salieron
en el suplemento con el título: "Desidia
y abandono en Quilmes". En realidad, la nota había sido pensada para
lucimiento de una joven cronista
en ascenso. Sin embargo, la foto causó revuelo, los ojos de Juan sobre
todo, ojos negros, tristes, viejos. Si ojos viejos, como si hubieran vivido
varias vidas tristes. Al mismo tiempo su mirada denotaba cierta
Lo
acompaña un perro de raza indefinida, guachito como él. Juancito comparte
la comida con el perrito de igual a igual. Es su única compañía. No le
gusta estar mucho tiempo con chicos de su edad y se niega a reconocer
si alguno le dice que lo conoce de la villa.
En el
único bolsillo de su pantalón raído conserva una foto ajada en la que se ve un
nene chiquito, una adolescente y una señora cuarentona muy bonita. Él
dice que en la foto está con su mamá y su abuela en La Plata,
cuando
vivían en una casa de verdad y él veía de vez en cuando a su abuelo. Después su
abuela se fue y tuvieron que dejar la casa y tomaron el tren con el atadito de
sus cosas y se bajaron en cualquier estación
para probar suerte.
Cuando su
mamá se iba a trabajar, él quedaba con una vecina que le gritaba y varias veces
le pegó sin ningún motivo. Por eso, cada vez que su mamá lo dejaba él
se escapaba y la esperaba en la estación.
Pasó el
tiempo, se lo veía cada vez más flaco, más pálido y más triste.
Lo
encontraron una mañana fría, en un banco del andén. Los ojos abiertos, sorprendidos,
el perro a su lado, como queriendo darle calor. Nadie reclamó
su cuerpito
y lo llevaron al cementerio como NN.
Estará
reunido con su mamá o la seguirá esperando de cuatro a seis?





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