lunes, 10 de febrero de 2014

La verdad



Se despertó con ganas de volverse a dormir para seguir el hilo del sueño soñado esa madrugada. Tenía un bebé en brazos, tan luego ella que ni a sus sobrinos había sostenido cuando nacieron, y tampoco cuando fueron creciendo y se transformaron en nenitos gorditos, rosados, adorables. Ella adoraba a los melli, sin embargo no podía demostrarlo. Tenía una total imposibilidad del contacto físico con los chicos, algo tan común para el resto de los mortales. Volviendo al sueño le parecía recordar que no sólo sostenía al bebé si no que lo estaba amamantando. Ridículo, pensó, un sueño ridículo.
Unos días después volvió a soñar con la misma criatura. Lo vio claramente, lo estaba amamantando y se miraban a los ojos. El nene tenía los ojos iguales a los suyos. Grises  que cambian la tonalidad según la luz. Esta vez el sueño la intranquilizó, no pudo sacárselo de la cabeza en todo el día. Trató de recordar algún otro detalle pero fue en vano. Le llamaba la atención haber soñado con un niño tomando la teta, su teta, ella que siempre salía del cuarto cuando su hermana o alguna de sus amigas daba de mamar.
Pasaron varios días y finalmente cuando parecía haberse olvidado del asunto soñó con total claridad, se soñó dando la teta al mismo niño, ese niño que tenía sus ojos. De pronto el sueño se convertía en pesadilla, unas manos de finos dedos llenos de anillos, le arrebataban la criatura y todo se volvía negro. Esa secuencia se repitió durante varias noches, dejándole un deja vu al despertar. Ahora sí se reconocía con total claridad, era muy joven, una niña casi. Como lo era en esa época de la cual no recordaba nada. Esos años oscuros en los que perdió la razón y estuvo en un  hospicio del que se fue un día no muy convencida de tener una vida extramuros. Fueron diez años arrebatados por la locura, los tratamientos horrorosos, el encierro, las paredes acolchadas. Cuanto tiempo había pasado desde todo aquello. Casi 50 años. Ahora era casi una anciana, solitaria, aunque su hermana, su cuñado y los melli hacían lo imposible por su bienestar. Los melli eran dos hombrotes hermosos, llenos de hijos, risas y alegría. Secretamente envidiaba a su hermana. La consideraba el positivo de una foto, ella era el negativo nunca revelado. Esta vez quiso saber más, quiso saber si su sueño era un recuerdo o deseos muertos.
Acudió a su madre por los detalles. Ma, en qué año me internaron? No me acuerdo, preguntale a tu padre. Mamá, papá está muerto. No digas pavadas, como va a estar muerto si esta mañana hablé con él.
Por ese lado no iba a averiguar nada. Recurrió a su tía, la hermana menor del padre.  Ella sí se acordaba. Acababas de cumplir 15, me acuerdo perfectamente, a la misma edad en que las chicas eligen el traje para la fiesta, a vos te ponían un  chaleco de fuerza y te subían a una ambulancia. Tía, qué pasó conmigo antes de eso? No sé querida, yo todavía no había venido de España. Cuando llegué, vos ya estabas mal de la cabeza, no reconocías a nadie gritabas todo el día. Qué decía tía? No sé, no se entendía. Hablabas de que te habían sacado algo. Una muñeca creo. Yo te regalé una muy linda pero la tiraste al piso y se rompió.
Cómo se llamaba el lugar donde me encerraron? Creo que Hospicio de Santa Ana o Santa Cecilia. No me acuerdo. Nena dejá de acordarte de esas cosas feas, viví el presente nena.
Le dio mucha ternura esta tía que no era mucho mayor que ella y la trataba con el cariño que su madre nunca le demostró. Del padre no podía decir nada porque no recordaba ningún gesto de afecto, sólo esa mirada de reproche que la persiguió durante buena parte de su vida.
Recurrió a uno de los nietos de su hermana para que le explicara cómo buscar algo en la computadora. Internet  se llama tíabu, le dijo el joven. Bueno como sea, quiero buscar la dirección de esto: clínica o sanatorio Santa Ana o Santa Cecilia. Así se enteró que no existía más la clínica Santa Ana, especializada en neurastenia y otros desórdenes psiquiátricos, la habían demolido dos décadas atrás. Trató de averiguar qué había sido de los expedientes o historias clínicas de los pacientes, pero no consiguió nada. Como ese lugar había pertenecido a la Municipalidad, allí se fue para tratar de saber. Le dijeron que las historias de aquella época se  habían incinerado.
No había caso no tenía ningún dato. Su hermana era varios años menor, con lo cual no tenía memoria de aquellos días. Para ella su hermana mayor era rara, pero no podía imaginarla internada en un manicomio.
Pasaron varios días y no podía sacarse el asunto de la cabeza. Volvió a soñar. Cada vez había más detalles: ella en una sala llena de luces, rodeada de gente con guardapolvos y guantes de cirugía en las manos. Operada? No nunca me operaron de nada. Uno de los personajes del sueño, una mujerona rubia de cachetes colorados, le decía: dale nena que no tengo todo el día, pujá, dale, no grites, que querés que se entere todo el hospital. Finalmente un llanto de bebé y ella sola en una camilla y con fuertes dolores. Después una habitación blanca con olor a desinfectante. Ella dando la teta y las manos arrebatadoras….
Se despertó llorando desconsoladamente y con la sensación de que le faltaba algo.
Y si de verdad soy yo la que di de mamar? Cómo saberlo. Se acordó del ginecólogo al que fue a regañadientes ante los ruegos de su hermana.
Pidió un turno y fue, temprano, nerviosa, con ganas de irse.
Señora, qué tal, qué la trae por aquí? Ya le tocan los controles?
No doctor, todo bien. Tengo una pregunta para hacerle. Dígame. Doctor, yo le dije que soy virgen.
Y yo no le creí.
Cómo?
Si señora no le creí porque el cuerpo no miente, usted, por lo menos tuvo un parto.
No! No puede ser, yo,       no, no me acuerdo. Entonces puede ser que haya dado la teta.
Claro señora, en aquellos años al bebé apenas nacía se lo ponía en el pecho de la madre.
Doctor, estoy tan confundida. No sé que decir.
No tiene que darme ninguna explicación. Por alguna razón su mente borró ese recuerdo.
Y por qué doctor?
Por el dolor del parto, porque no quería ser madre….
O porque me arrancaron a mi hijo de mis brazos!
El médico la miró y no pudo articular ninguna palabra. Su memoria le trajo imágenes de los desaparecidos, los niños nacidos en cautiverio y arrancados de los brazos de la madre. No, no podía ser, esta mujer es muy mayor, tiene que haber sido alguna vergüenza familiar, de esas que se ocultaban.
Doctor le agradezco.
Señora, lo siento pero no puedo hacer más nada por usted. Tendrá que averiguarlo por usted misma.
Corrió a la casa de su hermana, no sabía si contarle o no. Finalmente lo hizo y lloraron las dos abrazadas. No entendían, pero se entendían. Tenés que insistir con mamá, ella te tiene que decir.
Vamos, yo te acompaño. No, quedate, prefiero ir sola.
En la casa de su madre se sintió mal, intranquila, esa casa que había sido la suya la recibía con la frialdad de siempre. En realidad la frialdad de su madre.
Ma, te pido por favor que me digas la verdad. Qué pasó cuando me internaron. Te volviste loca, eso es lo que pasó. Pero, por qué? Eras una puta. Mamá…..qué decís. Si una puta que se acostaba con mi marido. Mamá te volviste loca, cómo podés decir una cosa así. Porque es la verdad, te acostabas con él todas las noches y a mí no me quería ver. Pero, mamá, yo era una criatura. Qué estás diciendo que mi padre me violó, eso estás diciendo….?
Para el caso es lo mismo, vos se lo permitiste, y encima quedaste encinta, la muy puta.
Mamá,…se le ahogó el grito y no pudo seguir. Volvió a su casa con un gusto amargo en la boca. No podía creer lo que ahora sabía.
Dejó pasar varios días y volvió a la casa de su madre. Con tranquilidad, no le preguntó, le dijo: mi padre me violaba a los 15 años, vos lo sabías y no me defendiste, tuve un hijo y me lo sacaron. Soy una vieja amargada, incapaz de dar y recibir cariño y encima mi madre me llama puta. PUTA, PUTA, P U T A
Yo, víctima de la violencia de ustedes, los seres que tendrían que haberme querido, cuidado, los odio, mamá a vos más. Sos mi madre y no hiciste nada.
Su madre, al principio quiso defenderse, finalmente rompió a llorar y entre hipos le pidió perdón.
No mamá, así no se arregla. Me tenés que decir dónde está mi hijo. Mamá hablá!!!
Para qué querés saber, es historia antigua.
Entonces vos sabés, te exijo que me digas.
Se lo llevó la sra.de Aranguren. La ricachona de la otra cuadra. Nos pagaron muy bien.
Se lo compraron, mamá no lo puedo creer.
No grites, que con esa plata pudimos internarte en el sanatorio.
Yo no estaba loca, ustedes me robaron un hijo y diez años de mi vida.
Su madre se puso como loca, empezó a desvariar. Ella se fue, nunca volvió.
Fue a la casa de los ricachones. Abrió la puerta un hombre de ojos tristes, como los suyos, grises, como los suyos.
Para los dos fue un proceso doloroso aprender a vivir con la verdad, dolor necesario para curar heridas que nunca habían dejado de sangrar. Su padre se llevó su secreto a la tumba, pero la verdad pudo más y salió a la superficie para arreglar algunas cosas. No todas. Los años transcurridos en soledad, para la madre y el hijo. El no haber podido compartir las cosas comunes que los hijos y las madres comparten.
Finamente esos dos extraños se confundieron en un abrazo largo, profundo, con lágrimas, amargo, necesario.

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