Se cruzaron una tarde. Ella, Analía, recordó esos
ojos oscuros, en realidad recordó como la miraban esos ojos. Cuando? En otra
época, en otra vida, en otro lugar? No lo sabía, y sin embargo, no podía borrar esa sensación de que
esos ojos la miraron con amor.
Siguió caminando y retuvo ese pensamiento todo el
día. En realidad, no quería dejar de pensar en eso, se sentía acompañada. Su
vida era solitaria. No se quejaba de eso.
Escritora de cierto prestigio, tenía una renta que
le permitía vivir sin lujos y sin sobresaltos. Sus amores, dos gatas y un perrito
viejo, eran su compañía. No pedía más. Huérfana desde muy chica fue criada por
la hermana del padre, que le enseñó la frugalidad como virtud.
Durante varios días pasó por el mismo lugar a la
misma hora. No lo volvió a ver. Su imagen se fue borrando, alto, delgado, pelo oscuro?
Solamente los ojos, la mirada permanecieron intactos en su memoria.
Cuando Pablo se cruzó con ella, recordó su boca,
recordó que esos labios alguna vez le dijeron palabras de amor al oído. Cuándo, dónde? En
otra época, en otro lugar? No podía precisarlo. Se dio vuelta y sólo vio el
cabello largo y con reflejos rojizos de ella.
Cómo era su cara? Solamente podía describir a la
perfección su boca, de labios rosados, turgentes, que alguna vez habían besado
los suyos. Era así o lo estaba imaginando?
Siguió su camino y ese pensamiento lo acompaño todo
el día. Su trabajo, su familia, el hijo por venir llenaron sus horas y sus días. Se
había casado hacía algunos meses cuando su novia, compañera de estudios en la
universidad, aseguró estar esperando un hijo suyo. Sin embargo, en el momento menos pensado le
sorprendía el recuerdo de esos labios, de esa boca tan querida. El no intentó
volver a encontrarla. Pura cobardía.
Los dos siguieron con sus vidas. Ella con sus
libros, sus gatas y su perro viejo. Vida solitaria, pero plácida. Él ocupado de su familia,
con un puesto de profesor en una escuela secundaria. Frustración era la palabra que
regía sus días.
Pasaron algunos años, Analía se quedó sola, sus
animalitos habían muerto. Una mañana se despertó con una sensación de urgencia.
Tenía que ponerse a escribir, no podía ocuparse de otra cosa. Al principio pensó, mientras
escribía, que estaba relatando un sueño. Al releer lo escrito tuvo la sensación de
que lo había vivido. Eran recuerdos? La protagonista de su cuento, Virginia, era una
muchacha feliz, hija de uno de los jardinerosde palacio. Bonita sin
estridencias, su pelo rojo la hacía especial. Un día conoció a Ernesto, el noble hijo del señor feudal de la
comarca. Alto, delgado, de pelo oscuro, sus ojos la enamoraron inmediatamente.
La miraban con amor. Ernesto se enamoró de esa boca de labios rosados que
pronto le susurraron palabras de amor al oído.
Vivieron un apasionado romance, clandestino. Pronto el padre de
Ernesto le encomendó la defensa de sus posesiones. Viajó cientos de kilómetros
y en lo único que pensaba era en su amada Virginia.
El padre de ella le prohibió huir
tras su amado. Pasaron los años y nunca más se vieron. Sin embargo, ni un solo
día de sus cortas vidas dejaron de pensar el uno en el otro. Ella extrañando
esos ojos oscuros que la miraban con amor. Él soñando con esa boca de labios rosados que le susurraban
palabras amorosas. Ambos murieron jóvenes y guardaron ese amor como su secreto más
preciado.
Analía termina de escribir febrilmente y se
reconoce en la protagonista de su cuento. Se convence que ha vivido otra vida,
más apasionada que la suya y llena del amor de Ernesto. Se da cuenta, además, que ese es el origen
de su obsesión por aquel hombre con el que se había cruzado años atrás, y del que
ni siquiera sabía su nombre. Estaba convencida de eso.
Su editor la convenció de publicar el cuento. Ella
puso como condición firmarlo con un pseudónimo, Virgina Leblanc.
Analía murió con la certeza de que en otra vida se
encontraría con Ernesto.
Pablo la sobrevivió un par de años. Una tarde, como
otras, su nieta le regaló un libro comprado en una librería de viejo. Era un libro de
cuentos de una autora que no conocía Analía White. Entre ellos había uno que le
pareció conocido, como el relato de uno de sus sueños o de una vida pasada, lo firmaba otra
persona. En la contratapa había una foto de la autora. No podía creerlo, esos labios,
eran los labios; esa sonrisa, era la sonrisa. El pelo rojo, los labios rosados. Era
ella, no había dudas. Murió abrazado al libro.
Finalmente Virginia y Ernesto , o Pablo y Analía,
se tenían el uno al otro como en otra vida.
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