domingo, 24 de noviembre de 2013

Glup

Francisquito era un niñito buenito y educadito. Había heredado de su tío Francisco los ojos negros y el nombre, junto con su diminutivo. Su tío era un hombrón coloradote y extrovertido, divertido y pícaro. Se mantuvo soltero hasta bien entrado en años, por eso era su padrino. Se casó grande con una mujerzuela que le sacó hasta las ganas de vivir.
Francisquito era un buen alumno, pero sufría de algo, que la maestra llamaba  "ausencias". Se perdía en sus pensamientos y quedaba como suspendido en el tiempo por algunos segundos, que a él le parecían una eternidad. En la adolescencia sentía vergüenza de su problema, lo cual le acarreaba ser el raro, el que no le daba bola a nadie. Habrá sido por eso que se dedicó con todo su empeño en terminar el secundario. No fue al viaje de egresados, en cambio hizo los trámites de ingreso a la
universidad, iba a estudiar ciencias. Mientras tanto, sus padres, preocupados, consultaban con psiquiatras y lo sometían a estudios y pruebas. No encontraban nada. Francisquito seguía teniendo esos episodios, incómodos, incomprensibles. Un día en una sesión de psicoanálisis, mientras le describía los episodios al profesional, sufrió uno. El profesional fue testigo de la ausencia que sólo duró unos segundos.
Cuando volvió en sí,  el joven le contó que los episodios eran cada vez más intensos. Sentía esa sensación de peligro inminente, de estar al borde de un precipicio y no podía pedir ayuda. Era una sensación de haber pasado varias veces por ese peligro, la sensación de una desgracia inevitable. El psicólogo le habló de ataques de pánico, para los cuales ya había sido medicado con fuertes dosis de clonazepán. Le habló también de deja vú, una sensación de haber vivido antes determinada situación, de haber estado en un lugar que en realidad nunca había pisado. Le recomendó que hiciera una vida normal, que buscara relacionarse con gente de su edad y que no le diera tanta importancia a su síndrome.
Francisco trató de hacer como si nada pasara y rogaba que esos episodios no pusieran en peligro su vida. No podía manejar autos, ni andar en bicicleta, ni dar clases, pues los alumnos se mofaban de sus ausencias, durante las cuales no escuchaba ni veía nada. Sólo era feliz en su laboratorio, en su mundo.
Los episodios, lejos de mejorar o desaparecer, eran cada vez más frecuentes y más intensos. La sensación era clarísima: en el momento menos pensado la tierra se abriría y lo tragaría. 

Francisco se convirtió en un ser temeroso. Ya no hacía tratamientos. Le costaba creer que su padecimiento era producto de un mal funcionamiento cerebral o un trauma psicológico. Tampoco hacía amistades por el temor a ser rechazado.
Se mudó de barrio y alquiló una casa apartada. Escribía artículos de divulgación científica, lo que le daban para comer. Aprendió a convivir con esa vida a medias, ese no placer, ese dejarse llevar y no pensar.
Un día la sensación fue poderosa, no podía ignorarla, se quedó quieto en medio de la vereda a esperar que pasara. Con estupor vio que las baldosas se abrían como una gran boca hambrienta. Desapareció en el hueco. Glup hizo la vereda. Y nunca más se supo de Francisquito. Nadie lo extrañó. 

Cada tanto alguien arregla la vereda, que inexplicablemente siempre aparece con baldosas flojas.

domingo, 17 de noviembre de 2013

María

Acaba de gozar como nunca lo hubiera imaginado. Un goce profundo, sombrío, bestial. Ahora se ve a sí misma al lado del cadáver y no lo lamenta. Se siente libre como nunca se había sentido en su vida. Mira la sangre que todavía mana del profundo corte y se reaviva su placer. Cómo puede uno gozar mientras le quita la vida a otra persona. Sólo ella, que ha permanecido sometida tantos años, lo puede comprender. Si pudiera lo volvería a matar, no sólo para asegurarse que realmente está muerto, si no para sentir otra vez ese orgasmo interminable, ese placer absurdo que la hizo sentir más viva que nunca mientras hundía el cuchillo en su ingle. Él la miró sin comprender. Si hasta hacía un instante habían estado entrelazados como tantas otras veces. Ahora sentía que su vida se le iba por la herida y la miraba como quien mira la foto de alguien desconocido, alguien que no denota ningún sentimiento en su rostro. No podía hacer nada, estaba paralizado, no sentía dolor, sólo la urgencia de que todo aquello acabase de una buena vez.
Se había conocido hacía muchos años. En ese entonces ella era muy joven aún, bella, con cierta sensación de fragilidad en sus grandes ojos negros. Su físico pequeño la hacía parecer un niño, sólo crecía cuando subía al escenario y entonaba aquellos viejos tangos. Su voz ronca y madura le daba a su cuerpo una dimensión que no tenía en realidad. Él la miraba desde el estaño, fascinado, tenía que hacerla suya con urgencia, llevársela con él, sin importar nada más.

Ella lo rechazó cuando él la invitó a una copa. No bebo con extraños. Bueno me presento, me llamo Juan. Ya no somos extraños. Yo sé que te llamás María, como la del tango. Brindo por vos!. Yo no quiero, ya le dije, y me voy, aquí no se puede respirar. No me desprecies chiquita, no sabés con quién te metés. No lo sé y no me importa, que te garúe finito.
Él la espero en el callejón y sin darle tiempo a nada se la llevó, así nomás como si fuera suya. Ella se resistió todo lo que pudo, hasta quedar agotada. Por aquel entonces él vivía en una covacha en el arrabal del puerto, a ella no le importó, sólo pensaba en cómo escapar de su carcelero. Hacían el amor bestialmente, al principio ella forcejeaba, hasta que se dio cuenta que no oponer  resistencia era lo mejor. Sin darse cuenta empezó a costarle cada vez menos dejarse llevar por esa pasión animal y gozar. Sus orgasmos eran prolongados y profundos. Después sobrevenía una paz desconocida. Se odiaba a sí misma por haber llegado al extremo de querer ser poseída de esa forma. Los años pasaron y era ella que lo incitaba al amor violento. En realidad, no los unía el amor, sino una necesidad carnal a la que no podían resistirse.

María siguió cantando tangos en el sucucho de siempre, la escuchaban los borrachos de siempre. Fue creciendo bien adentro un odio irracional, odio hacia ella misma y hacia Juan que la había convertido en lo que era ahora: una mujer vencida, envejecida, que sólo esperaba encamarse para tener un momento de ilusión de felicidad.
Quedó embarazada y él la obligó a abortar. La llevó a lo de una comadrona sucia y desdentada que le metió en la vagina vaya a saber qué cosa porque se desmayó. Cuando volvió en sí estaba bañada en sudor y ardía en fiebre. Si antes su cuerpo era delgado y huesudo, ahora casi no la sostenía. Se recuperó, pero nunca volvió a ser la misma. Ese odio visceral era cada vez más poderoso y sólo se silenciaba cuando yacía a su lado después del sexo bestial. Se decía que no podía quedarse más allí, pero al mismo tiempo no podía dejarlo. Crecía en ella el deseo de quitarse la vida, pero no tenía valor para hacerlo. Matarlo a él, ni pensarlo, cómo, con qué. No se imaginaba la vida sin él.  
Sin embargo, tenía que hacerlo para ser ella otra vez. Ser ella, qué ironía. Nunca volvería a ser la de antes y esa certidumbre la volvía cada vez más fría, más distante. Salvo cuando estaba en la cama con él. El fuego la consumía, era insaciable, siempre quería más. Se enardecía cuando él no podía responder a su pulsión. Así fue creciendo la idea de acabar con su vida, la de él. Primero lo mataría a él y después se quitaría su vida. Para qué seguir viviendo.

Le clavó el cuchillo que usaba para cortar la carne. Lo hizo despacio, con deleite. A medida que la hoja se hundía ella sentía ese placer inconfundible, el placer animal que él le había enseñado. Cuando ya no pudo enterrarlo más jadeó, no por el esfuerzo, si no por la satisfacción corporal que le proporcionó saber que tenía su vida en sus manos. Mejor dicho tenía en sus manos su muerte. Se dejó caer junto a él como tantas otras veces, disfrutando de esa paz que sólo aparecía en esos momentos. Él murió varios minutos después, con los ojos abiertos, con una mirada mansa desconocida. Ella escuchó a lo lejos la sirena del coche policial y se alegró de no haberse matado, tenía toda la vida por delante, para disfrutar del placer de no sentir nada. 

jueves, 14 de noviembre de 2013

Bichitis

Estoy escribiendo un cuento y un insecto se posa en la pantalla atraído por la luminosidad. Es un bicho entrometido que me distrae de mi cuento y escribe el suyo. Sigo pero no me concentro. Se mezcla con las letras, parece una letra. Lo espanto pero vuelve. Que insistidor. Quiere escribir o lo hace sólo para molestar? Me equivoco, creo que es una letra y cuando se mueve queda el espacio en blanco. Me acuerdo de una película que una mosca hace caca sobre una lista de nombres y es encarcelado, por equivocación, un fulano que no tenía nada que ver. Juego pensando qué apellido habría que modificar con caquita de mosca para que se lea el mío. Que boludez, a quien le importa? Sólo a mí, no encuentro ninguno. Sigo escribiendo pero no puedo dejar de pensar en el bicho, bicho, bicho, bicho, bicho, bicho,..qué estoy haciendo, me volví loca. No, tengo bichitis, que se cura de una sola manera... ya está, lo maté. Ahora hay una mancha negra en la pantalla, no se mueve, pero no puedo dejar de mirarla, tampoco puedo escribir........bichitis

isabel...

 Isabel, Isa es una señora muy aseñorada. Coqueta y buena moza, apasionada y charlatana. Es todo lo contrario a la palabra gris. Ella es a color, a todos los colores. Los primarios, los pasteles, los rayados, los lunares y el cuadrillé. Cocinera eximia y portentosa repostera. Su casa, grande y acogedora, tiene siempre olorcito rico. Su cocina cálida y llena de retratos que te miran, es el corazón de su hogar. Hogar también de sus mascotas, perritas, gato y gallinas. Le gusta salir y disfrutar de sus amigos. Conversadora animada, sus manos son hermosas y elocuentes. Va al teatro, a tomar el té mientras escucha ópera, a cenar. En fin disfruta, trabaja, atiende y entiende a sus nietos, se desvive por sus hijos. Después dice estar cansada, como no estarlo.
Un sábado después del cine vuelve a su casa en taxi desde el centro. Durante el viaje está intranquila, no está acostumbrada a viajar sola y menos de noche. Se resiste a darle charla al taxista, no quiere que se distraiga. Finalmente llega a su casa. Nerviosa no encuentra las llaves, finalmente abre y entra presurosa. Como un ritual empieza a encender las luces y hablar con sus perritas somnolientas. Revisa las ventanas y cierra la puerta de calle con tres vueltas de llave. Escucha una bocina. Mira sin correr la cortina y ve que el taxi todavía está ahí.
Se aleja de la ventana con miedo de que la vea el conductor. La bocina vuelve a escucharse. Isa se intranquiliza. Llamaría al 911, pero que les digo, que hay un taxista tocando bocina. No, no me tomarían en serio. Se dice que tiene que tranquilizarse, después de todo es solo una bocina y ella está bien cerrada en su casa. Mira otra vez por la ventana sin correr la cortina. El tipo acaba de bajarse del auto. Qué pretende. Lleva algo en la mano. No puede ver qué es. Se acerca al timbre y lo toca. Ella se sobresalta aunque lo vió acercarse. No se mueve. El insiste una vez más. Ella inmóvil. Él da golpecitos en la puerta. Ella se vuelve a sobresaltar. Insiste. Ella nada. Él la llama. Señora, abra, mire lo que tengo para usted. Está loco, por qué no se va, no se da cuenta que no voy a abrir. Golpea con más insitencia. Isa ahora está temblando. Qué hago, a quién llamo. Apago las luces, no voy a tener más miedo. Está paralizada. Piensa un momento, toma coraje, se acerca a la puerta y grita: váyase o llamo a la policía. El chofer: no se ponga así buena moza, no es para tanto, por qué no abre y le doy lo que tengo para usted. Isabel no puede creer lo que está escuchando. Se olvida del miedo y grita con más fuerza: vayase degenerado. Epa doña que no es para tanto. Si, tiene razón, piensa Isa. Más tranquila le pregunta qué quiere. Él tarde en contestar y ella se arrepiente de haberle hablado. Por que no abre y le cuento, dice risueño él. Qué caradura, encima se ríe. No voy a abrir si no me dice claramente qué quiere. Devolverle la cartera que se olvidó en el auto, tontita. Ella estalla en una carcajada y abre la puerta. Son las tres de la mañana, Isa y José, que así se llama el taxista, charlan, toman mate y comen una riquísima torta casera.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Lilí

Marta es una niñita poco común. Vive en su propio mundo. No es que le falte inteligencia. Todo lo contrario, pero es como si la economizara para sus propios fines. Tiene 6
años. Pero como dice su tía Angélica, parece más chiquita. Tiene una muñeca rubia y
de ojos celestes, como debería pedírsele a todas las muñecas, es casi tan alta como
ella y la acompaña siempre. Se llama Lilí, con acento en la i. Se la regaló su abuelo poco antes de morir, hace ya un año y medio. Si hasta ese entonces Marta era una niña
retraída, después lo fue más, si eso era posible. Mientras fue al jardín de infantes su
mamá la dejó tener a Lilí con ella. En realidad, la maestra no estaba muy de acuerdo,
pues mantenía una actitud distante con  los otros niños y sólo interactuaba con su
juguete.
Cuando empezó la primaria tuvo que dejar a Lilí en casa. Su conducta empeoró a tal
punto que intervino la psicopedagoga del colegio, que no supo muy bien qué hacer con la niña. Para conformarla su mamá le permitía ir hasta la puerta del colegio con Lilí y al
mediodía la esperaba en la puerta con la muñeca.
Pasaron las semanas y la conducta de Marta no mejoró. Sin embargo, era muy buena
alumna. Aprendió a leer antes que cualquiera y siempre tenía un libro nuevo consigo.
Pero de ninguna manera participaba en los juegos con los otros niños, parecía, en
realidad, que los ignoraba o que le eran extraños. Sólo era feliz o demostraba serlo en su habitación jugando con Lilí.
La cena era todo un drama. No comía si no le servían a Lilí los mismos alimentos y no
entendía razones cuando le explicaban que las muñecas no comen. Se enojaba a tal
punto que prefería irse a la cama sin comer.
A medida que pasaba el tiempo más conectada estaba con Lilí y más desconectada con
todo lo demás. Ahora ya no quería ir a la escuela por más que su mamá le preparara
pequeñas recompensas. Su tía Angélica le regaló otras muñecas, que ella ignoró, y un
oso de peluche hermoso que fue a parar al cuarto de su hermano.
Una tarde su mamá al acercarse a la puerta de su habitación la escuchó mantener una
animada conversación. Con quién hablás, Martita? Con Lilí, contestó espontáneamente.
Esos episodios se repitieron hasta tal punto que sólo se la escuchaba cuando hablaba con la muñeca.

Un lunes a la mañana le pidió a su mamá no ir al colegio. Mamita me parece que tengo
fiebre, me dejás faltar. Su mamá accedió.
Cuando la fue a buscar para almorzar encontró la puerta del cuarto cerrada. Abrime
Martita que ya está lista la comida. A Lilí qué le preparaste, mamita?  Su mamá no sabía si contestar con forzada naturalidad o, una vez más, explicarle que las muñecas no comen. Martita quiso almorzar en la cama. Su mamá le llevó los dos platitos en una bandeja.
Cuando volvió no había ni rastros del puré en ninguno de los platos. Se conformó con la
idea de que su niña estaba comiendo mejor. Más tarde cuando volvió para que su hija
tomara la leche, encontró, otra vez, la puerta cerrada. Y otra vez le pidió a su hija que
abriera y que no se encerrara más. La voz que escuchó le pareció un tanto extraña, pero
prefirió no darle importancia. Cuando entró encontró a la nena durmiendo plácidamente y la muñeca, erguida, sentada en una sillita.
A la noche esa misma voz extraña le dijo que no iba a comer.
Por la mañana, cuando fue a despertar a Martita se encontró con algo que no podía o no quería entender. Lilí remoloneaba en la cama, diciendo que tenía fiaca, mientras Martita, inmóvil en la sillita, la miraba con ojos enormes, sin moverse. Mientras decidía qué hacer o a quien llamar, Lilí, con voz adormilada le decía: mamita hoy no voy al cole si Martita no viene conmigo.

Días después se vió a la mamá, por la calle, llevando de la mano a una enorme muñeca y hablando con ella con naturalidad.