Acaba de
gozar como nunca lo hubiera imaginado. Un goce profundo, sombrío, bestial.
Ahora se ve a sí misma al lado del cadáver y no lo lamenta. Se siente libre
como nunca se había sentido en su vida. Mira la sangre que todavía mana del
profundo corte y se reaviva su placer. Cómo puede uno gozar mientras le quita
la vida a otra persona. Sólo ella, que ha permanecido sometida tantos años, lo
puede comprender. Si pudiera lo volvería a matar, no sólo para asegurarse que
realmente está muerto, si no para sentir otra vez ese orgasmo interminable, ese
placer absurdo que la hizo sentir más viva que nunca mientras hundía el
cuchillo en su ingle. Él la miró sin comprender. Si hasta hacía un instante
habían estado entrelazados como tantas otras veces. Ahora sentía que su vida se
le iba por la herida y la miraba como quien mira la foto de alguien desconocido,
alguien que no denota ningún sentimiento en su rostro. No podía hacer nada,
estaba paralizado, no sentía dolor, sólo la urgencia de que todo aquello
acabase de una buena vez.
Se había
conocido hacía muchos años. En ese entonces ella era muy joven aún, bella, con
cierta sensación de fragilidad en sus grandes ojos negros. Su físico pequeño la
hacía parecer un niño, sólo crecía cuando subía al escenario y entonaba
aquellos viejos tangos. Su voz ronca y madura le daba a su cuerpo una dimensión
que no tenía en realidad. Él la miraba desde el estaño, fascinado, tenía que
hacerla suya con urgencia, llevársela con él, sin importar nada más.
Ella lo
rechazó cuando él la invitó a una copa. No bebo con extraños. Bueno me
presento, me llamo Juan. Ya no somos extraños. Yo sé que te llamás María, como
la del tango. Brindo por vos!. Yo no quiero, ya le dije, y me voy, aquí no se
puede respirar. No me desprecies chiquita, no sabés con quién te metés. No lo
sé y no me importa, que te garúe finito.
Él la
espero en el callejón y sin darle tiempo a nada se la llevó, así nomás como si
fuera suya. Ella se resistió todo lo que pudo, hasta quedar agotada. Por aquel
entonces él vivía en una covacha en el arrabal del puerto, a ella no le
importó, sólo pensaba en cómo escapar de su carcelero. Hacían el amor
bestialmente, al principio ella forcejeaba, hasta que se dio cuenta que no oponer
resistencia era lo mejor. Sin darse
cuenta empezó a costarle cada vez menos dejarse llevar por esa pasión animal y
gozar. Sus orgasmos eran prolongados y profundos. Después sobrevenía una paz
desconocida. Se odiaba a sí misma por haber llegado al extremo de querer ser
poseída de esa forma. Los años pasaron y era ella que lo incitaba al amor
violento. En realidad, no los unía el amor, sino una necesidad carnal a la que
no podían resistirse.
María
siguió cantando tangos en el sucucho de siempre, la escuchaban los borrachos de
siempre. Fue creciendo bien adentro un odio irracional, odio hacia ella misma y
hacia Juan que la había convertido en lo que era ahora: una mujer vencida,
envejecida, que sólo esperaba encamarse para tener un momento de ilusión de
felicidad.
Quedó
embarazada y él la obligó a abortar. La llevó a lo de una comadrona sucia y
desdentada que le metió en la vagina vaya a saber qué cosa porque se desmayó.
Cuando volvió en sí estaba bañada en sudor y ardía en fiebre. Si antes su
cuerpo era delgado y huesudo, ahora casi no la sostenía. Se recuperó, pero
nunca volvió a ser la misma. Ese odio visceral era cada vez más poderoso y sólo
se silenciaba cuando yacía a su lado después del sexo bestial. Se decía que no
podía quedarse más allí, pero al mismo tiempo no podía dejarlo. Crecía en ella
el deseo de quitarse la vida, pero no tenía valor para hacerlo. Matarlo a él,
ni pensarlo, cómo, con qué. No se imaginaba la vida sin él.
Sin
embargo, tenía que hacerlo para ser ella otra vez. Ser ella, qué ironía. Nunca
volvería a ser la de antes y esa certidumbre la volvía cada vez más fría, más
distante. Salvo cuando estaba en la cama con él. El fuego la consumía, era
insaciable, siempre quería más. Se enardecía cuando él no podía responder a su
pulsión. Así fue creciendo la idea de acabar con su vida, la de él. Primero lo
mataría a él y después se quitaría su vida. Para qué seguir viviendo.
Le clavó el
cuchillo que usaba para cortar la carne. Lo hizo despacio, con deleite. A
medida que la hoja se hundía ella sentía ese placer inconfundible, el placer
animal que él le había enseñado. Cuando ya no pudo enterrarlo más jadeó, no por
el esfuerzo, si no por la satisfacción corporal que le proporcionó saber que
tenía su vida en sus manos. Mejor dicho tenía en sus manos su muerte. Se dejó
caer junto a él como tantas otras veces, disfrutando de esa paz que sólo
aparecía en esos momentos. Él murió varios minutos después, con los ojos
abiertos, con una mirada mansa desconocida. Ella escuchó a lo lejos la sirena
del coche policial y se alegró de no haberse matado, tenía toda la vida por
delante, para disfrutar del placer de no sentir nada.
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