jueves, 14 de noviembre de 2013

isabel...

 Isabel, Isa es una señora muy aseñorada. Coqueta y buena moza, apasionada y charlatana. Es todo lo contrario a la palabra gris. Ella es a color, a todos los colores. Los primarios, los pasteles, los rayados, los lunares y el cuadrillé. Cocinera eximia y portentosa repostera. Su casa, grande y acogedora, tiene siempre olorcito rico. Su cocina cálida y llena de retratos que te miran, es el corazón de su hogar. Hogar también de sus mascotas, perritas, gato y gallinas. Le gusta salir y disfrutar de sus amigos. Conversadora animada, sus manos son hermosas y elocuentes. Va al teatro, a tomar el té mientras escucha ópera, a cenar. En fin disfruta, trabaja, atiende y entiende a sus nietos, se desvive por sus hijos. Después dice estar cansada, como no estarlo.
Un sábado después del cine vuelve a su casa en taxi desde el centro. Durante el viaje está intranquila, no está acostumbrada a viajar sola y menos de noche. Se resiste a darle charla al taxista, no quiere que se distraiga. Finalmente llega a su casa. Nerviosa no encuentra las llaves, finalmente abre y entra presurosa. Como un ritual empieza a encender las luces y hablar con sus perritas somnolientas. Revisa las ventanas y cierra la puerta de calle con tres vueltas de llave. Escucha una bocina. Mira sin correr la cortina y ve que el taxi todavía está ahí.
Se aleja de la ventana con miedo de que la vea el conductor. La bocina vuelve a escucharse. Isa se intranquiliza. Llamaría al 911, pero que les digo, que hay un taxista tocando bocina. No, no me tomarían en serio. Se dice que tiene que tranquilizarse, después de todo es solo una bocina y ella está bien cerrada en su casa. Mira otra vez por la ventana sin correr la cortina. El tipo acaba de bajarse del auto. Qué pretende. Lleva algo en la mano. No puede ver qué es. Se acerca al timbre y lo toca. Ella se sobresalta aunque lo vió acercarse. No se mueve. El insiste una vez más. Ella inmóvil. Él da golpecitos en la puerta. Ella se vuelve a sobresaltar. Insiste. Ella nada. Él la llama. Señora, abra, mire lo que tengo para usted. Está loco, por qué no se va, no se da cuenta que no voy a abrir. Golpea con más insitencia. Isa ahora está temblando. Qué hago, a quién llamo. Apago las luces, no voy a tener más miedo. Está paralizada. Piensa un momento, toma coraje, se acerca a la puerta y grita: váyase o llamo a la policía. El chofer: no se ponga así buena moza, no es para tanto, por qué no abre y le doy lo que tengo para usted. Isabel no puede creer lo que está escuchando. Se olvida del miedo y grita con más fuerza: vayase degenerado. Epa doña que no es para tanto. Si, tiene razón, piensa Isa. Más tranquila le pregunta qué quiere. Él tarde en contestar y ella se arrepiente de haberle hablado. Por que no abre y le cuento, dice risueño él. Qué caradura, encima se ríe. No voy a abrir si no me dice claramente qué quiere. Devolverle la cartera que se olvidó en el auto, tontita. Ella estalla en una carcajada y abre la puerta. Son las tres de la mañana, Isa y José, que así se llama el taxista, charlan, toman mate y comen una riquísima torta casera.

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