Francisquito era un niñito buenito y educadito.
Había heredado de su tío Francisco los ojos negros y el nombre, junto con su
diminutivo. Su tío era un hombrón coloradote y extrovertido, divertido y
pícaro. Se mantuvo soltero hasta bien entrado en años, por eso era su
padrino. Se casó grande con una mujerzuela que le sacó hasta las ganas de
vivir.
Francisquito era un buen alumno, pero sufría de
algo, que la maestra llamaba
"ausencias". Se perdía en sus pensamientos y quedaba como suspendido en el tiempo por algunos segundos, que a
él le parecían una eternidad. En la adolescencia sentía vergüenza de
su problema, lo cual le acarreaba ser el raro, el que no le daba bola a
nadie. Habrá sido por eso que se dedicó con todo su empeño en terminar el
secundario. No fue al viaje de egresados, en cambio hizo los trámites de
ingreso a la
universidad, iba a estudiar ciencias. Mientras
tanto, sus padres, preocupados, consultaban con psiquiatras y lo
sometían a estudios y pruebas. No encontraban nada. Francisquito seguía
teniendo esos episodios, incómodos, incomprensibles. Un día en
una sesión de psicoanálisis, mientras le describía los episodios
al profesional, sufrió uno. El profesional fue testigo de la ausencia que sólo
duró unos segundos.
Cuando volvió en sí, el joven le contó que los episodios eran cada
vez más intensos. Sentía esa sensación de peligro inminente, de estar al borde
de un precipicio y no podía pedir ayuda. Era una sensación de haber pasado varias veces por ese peligro, la sensación de una
desgracia inevitable. El psicólogo le habló de ataques de pánico, para los
cuales ya había sido medicado con fuertes dosis de clonazepán. Le habló
también de deja vú, una sensación de haber vivido antes determinada
situación, de haber estado en un lugar que en realidad nunca había
pisado. Le recomendó que hiciera una vida normal, que buscara relacionarse con
gente de su edad y que no le diera tanta importancia a su síndrome.
Francisco trató de hacer como si nada pasara y rogaba
que esos episodios no pusieran en peligro su vida. No podía manejar autos, ni
andar en bicicleta, ni dar clases, pues los alumnos se
mofaban de sus ausencias, durante las cuales no escuchaba ni veía nada. Sólo
era feliz en su laboratorio, en su mundo.
Los episodios, lejos de mejorar o desaparecer, eran
cada vez más frecuentes y más intensos. La sensación era
clarísima: en el momento menos pensado la tierra se abriría y lo tragaría.
Francisco se convirtió en un ser temeroso. Ya no
hacía tratamientos. Le costaba creer que su padecimiento era producto de
un mal funcionamiento cerebral o un trauma psicológico.
Tampoco hacía amistades por el temor a ser rechazado.
Se mudó de barrio y alquiló una casa apartada.
Escribía artículos de divulgación científica, lo que le daban para comer.
Aprendió a convivir con esa vida a medias, ese no placer, ese dejarse llevar y
no pensar.
Un día la sensación fue poderosa, no podía
ignorarla, se quedó quieto en medio de la vereda a esperar que pasara. Con
estupor vio que las baldosas se abrían como una gran boca hambrienta.
Desapareció en el hueco. Glup hizo la vereda. Y nunca más se supo de
Francisquito. Nadie lo extrañó.
Cada tanto alguien arregla la vereda, que inexplicablemente siempre aparece con baldosas flojas.
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