Marta es una niñita poco común. Vive en su propio
mundo. No es que le falte inteligencia. Todo lo contrario, pero es como si la
economizara para sus propios fines. Tiene 6
años. Pero como dice su tía Angélica, parece más
chiquita. Tiene una muñeca rubia y
de ojos celestes, como debería pedírsele a todas
las muñecas, es casi tan alta como
ella y la acompaña siempre. Se llama Lilí, con
acento en la i. Se la regaló su abuelo poco antes de morir, hace ya un año y
medio. Si hasta ese entonces Marta era una niña
retraída, después lo fue más, si eso era posible.
Mientras fue al jardín de infantes su
mamá la dejó tener a Lilí con ella. En realidad, la
maestra no estaba muy de acuerdo,
pues mantenía una actitud distante con los otros niños y sólo interactuaba con su
juguete.
Cuando empezó la primaria tuvo que dejar a Lilí en
casa. Su conducta empeoró a tal
punto que intervino la psicopedagoga del colegio,
que no supo muy bien qué hacer con la niña. Para conformarla su mamá le
permitía ir hasta la puerta del colegio con Lilí y al
mediodía la esperaba en la puerta con la muñeca.
Pasaron las semanas y la conducta de Marta no
mejoró. Sin embargo, era muy buena
alumna. Aprendió a leer antes que cualquiera y
siempre tenía un libro nuevo consigo.
Pero de ninguna manera participaba en los juegos
con los otros niños, parecía, en
realidad, que los ignoraba o que le eran extraños.
Sólo era feliz o demostraba serlo en su habitación jugando con Lilí.
La cena era todo un drama. No comía si no le
servían a Lilí los mismos alimentos y no
entendía razones cuando le explicaban que las
muñecas no comen. Se enojaba a tal
punto que prefería irse a la cama sin comer.
A medida que pasaba el tiempo más conectada estaba
con Lilí y más desconectada con
todo lo demás. Ahora ya no quería ir a la escuela
por más que su mamá le preparara
pequeñas recompensas. Su tía Angélica le regaló
otras muñecas, que ella ignoró, y un
oso de peluche hermoso que fue a parar al cuarto de
su hermano.
Una tarde su mamá al acercarse a la puerta de su
habitación la escuchó mantener una
animada conversación. Con quién hablás, Martita? Con
Lilí, contestó espontáneamente.
Esos episodios se repitieron hasta tal punto que
sólo se la escuchaba cuando hablaba con la muñeca.
Un lunes a la mañana le pidió a su mamá no ir al
colegio. Mamita me parece que tengo
fiebre, me dejás faltar. Su mamá accedió.
Cuando la fue a buscar para almorzar encontró la
puerta del cuarto cerrada. Abrime
Martita que ya está lista la comida. A Lilí qué le
preparaste, mamita? Su mamá no sabía si
contestar con forzada naturalidad o, una vez más, explicarle que las muñecas no
comen. Martita quiso almorzar en la cama. Su mamá le llevó los dos platitos en
una bandeja.
Cuando volvió no había ni rastros del puré en
ninguno de los platos. Se conformó con la
idea de que su niña estaba comiendo mejor. Más
tarde cuando volvió para que su hija
tomara la leche, encontró, otra vez, la puerta
cerrada. Y otra vez le pidió a su hija que
abriera y que no se encerrara más. La voz que
escuchó le pareció un tanto extraña, pero
prefirió no darle importancia. Cuando entró
encontró a la nena durmiendo plácidamente y la muñeca, erguida, sentada en una
sillita.
A la noche esa misma voz extraña le dijo que no iba
a comer.
Por la mañana, cuando fue a despertar a Martita se
encontró con algo que no podía o no quería entender. Lilí remoloneaba en la
cama, diciendo que tenía fiaca, mientras Martita, inmóvil en la sillita, la
miraba con ojos enormes, sin moverse. Mientras decidía qué hacer o a quien
llamar, Lilí, con voz adormilada le decía: mamita hoy no voy al cole si Martita
no viene conmigo.
Días después se vió a la mamá, por la calle,
llevando de la mano a una enorme muñeca y hablando con ella con naturalidad.

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