martes, 22 de octubre de 2013

Demolida



Ella iba y venía por el caminito de lajas que comunicaba la casa con una pequeña construcción al final del terreno, arrancando hojitas, colgando la ropa en el alambre. Meparece recordarla con un perrito enredado en sus piernas. La veía cada vez que me asomaba desde mi balconcito para ver la vida.
La dejé de ver, no sé cuando. Fue una de esas ausencias imperceptibles, como había sido su presencia. En realidad me dí cuenta porque el jardín ya no era el mismo, se lo veía solitario, intrascendente, nadie le daba sentido a su existencia.
Y fue curioso lo que pasó, así como no le había dado importancia a su presencia, su ausencia hacía trascender mis salidas al balcón. Además, nunca me había fijado en la casa, ahora lo hacía, en realidad un hermoso chalet, como aquellos tan numerosos décadas atrás. Parecía que su legado había sido existir a través de su casa y su jardín. No fue hasta mucho después que supe que la ausencia se debía a su muerte y lo supe en forma indirecta cuando alguien me habló del viejo viudo de la casa de al lado. Que
notable que una existencia se devele por su no existir. ¿Triste? Puede ser.
Y así como tiempo atrás me asomaba a mi balconcito, ahora, antes de entrar en el edificio constataba la presencia del anciano en la galería delantera. Pasaba las horas ausente en su silloncito mirando la calle. ¿Esperando? ¿Qué?
Por una vecina me enteré que el hijo del anciano no había logrado convencerlo de que vendiera la casa. Vivía con el corazón en la boca sabiéndolo al padre, solo, triste desamparado. ¿El perro?  Nunca más lo vi.
Hace un  par de meses una mañana fui despertada por golpes que hacían vibrar el edificio.  ¿Qué pasa? Están demoliendo el chalet de al lado.
La insensibilidad de la maza no distinguía recuerdos de ladrillos, los obreros iban y venían. El escombro al contenedor, las maderas al fuego.
Trste ver un trozo de manpostería con la marca de un cuadro tal tatuaje descolorido.
Una mañana silencio. Claro llueve, hoy no trabajan. Me asomo y veo una bañera intacta, verde brillante por el barniz de la lluvia; que historias se hilvanaron en su seno, de que impudicias fue testigo, el recuerdo, el ya no ser.
Ayer se llevaron los últimos escombros, en la vereda un anciano, ¿el anciano? Creo que sí. Ha venido a presenciar como se llevan las últimas miguitas de su casa. Lo que queda es terreno arañado que supone una ausencia. Tierra rascada mezclada con recuerdos.
Quizás un fantasma de una señora con un  viejo delantal de cocina y un perrito enredándose en sus piernas. Nada más. ¿Dónde irán a parar las almas de las casas demolidas? ¿Existe un cielo de casas adonde van a parar los espíritus de las casas que albergaron seres felices, que amaron, que fueron amados?
No lo sé, sólo tengo la certeza que ningún edificio lujoso o modesto, hermoso o no podrá reemplazar esas casas sólidas, cálidas, construidas con amor y pensadas para durar para siempre, que albergaron amores, nacimientos, ilusiones, pelear, duelos y nacimientos. Casas con alma, demolidas para ser reemplazadas por viviendas desalmadas.

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