Ella
iba y venía por el caminito de lajas que comunicaba la casa con una pequeña construcción
al final del terreno, arrancando hojitas, colgando la ropa en el alambre. Meparece
recordarla con un perrito enredado en sus piernas. La veía cada vez que me asomaba
desde mi balconcito para ver la vida.
La
dejé de ver, no sé cuando. Fue una de esas ausencias imperceptibles, como había sido
su presencia. En realidad me dí cuenta porque el jardín ya no era el mismo, se
lo veía
solitario, intrascendente, nadie le daba sentido a su existencia.
Y fue
curioso lo que pasó, así como no le había dado importancia a su presencia, su ausencia
hacía trascender mis salidas al balcón. Además, nunca me había fijado en la casa,
ahora lo hacía, en realidad un hermoso chalet, como aquellos tan numerosos décadas
atrás. Parecía que su legado había sido existir a través de su casa y su
jardín. No fue hasta mucho después que supe que la ausencia se debía a su
muerte y lo supe en forma
indirecta cuando alguien me habló del viejo viudo de la casa de al lado. Que
notable
que una existencia se devele por su no existir. ¿Triste?
Puede ser.
Y así
como tiempo atrás me asomaba a mi balconcito, ahora, antes de entrar en el edificio
constataba la presencia del anciano en la galería delantera. Pasaba las horas ausente
en su silloncito mirando la calle. ¿Esperando? ¿Qué?
Por
una vecina me enteré que el hijo del anciano no había logrado convencerlo de
que vendiera
la casa. Vivía con el corazón en la boca sabiéndolo al padre, solo, triste desamparado.
¿El perro? Nunca más lo vi.
Hace
un par de meses una mañana fui
despertada por golpes que hacían vibrar el edificio. ¿Qué pasa? Están demoliendo el chalet de al
lado.
La
insensibilidad de la maza no distinguía recuerdos de ladrillos, los obreros
iban y venían.
El escombro al contenedor, las maderas al fuego.
Trste
ver un trozo de manpostería con la marca de un cuadro tal tatuaje descolorido.
Una
mañana silencio. Claro llueve, hoy no trabajan. Me asomo y veo una bañera
intacta, verde brillante por el barniz de la lluvia; que historias se
hilvanaron en su seno, de que impudicias
fue testigo, el recuerdo, el ya no ser.
Ayer
se llevaron los últimos escombros, en la vereda un anciano, ¿el anciano? Creo
que sí. Ha venido a presenciar como se llevan las últimas miguitas de su casa.
Lo que queda es terreno arañado que supone una ausencia. Tierra rascada
mezclada con recuerdos.
Quizás
un fantasma de una señora con un viejo
delantal de cocina y un perrito enredándose
en sus piernas. Nada más. ¿Dónde irán a parar las almas de las casas demolidas?
¿Existe un cielo de casas adonde van a parar los espíritus de las casas que albergaron
seres felices, que amaron, que fueron amados?
No lo
sé, sólo tengo la certeza que ningún edificio lujoso o modesto, hermoso o no podrá
reemplazar esas casas sólidas, cálidas, construidas con amor y pensadas para durar
para siempre, que albergaron amores, nacimientos, ilusiones, pelear, duelos y nacimientos.
Casas con alma, demolidas para ser reemplazadas por viviendas desalmadas.
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