Miro hacia afuera, martes a la
tarde, tiempo templado que invita a quedarse. Recorro con la vista: la iglesia, el
cuartel de bomberos, el colegio de niñas, el estacionamiento del super. Más allá las vías
del tren que se presienten con sus hierros y rieles. Enfrente las pocas casas bajas que van
quedando en el viejo barrio ganado por los edificios, locales comerciales, cafés....
Una de ellas se destaca, es un hermoso
caserón de dos plantas, con jardín , árboles añosos y una pileta que espera a
los chiquilines que vienen los fines de semana.
Hay un camión de mudanzas
parado en la puerta. Se mudan los viejitos, pienso. Quedo a la expectativa,
presintiendo un espectáculo que durará algunas horas y que alimenta mi curiosidad. Se abre el
portón salen a la vereda la pareja de ancianos y detrás de ellos un par de
changarines que llevan un hermoso piano, lo suben al camión y se van.
Los dueños de casa permanecen
unos instantes sin decirse nada y entran, cierran el portón…….
……. los recuerdos se agolpan
desordenados, vienen a mi cabeza las imágenes de otra pareja, joven, otro
chalet, otro piano y una niña. La niña soy yo, lo fui en realidad hace varias
décadas atrás y ese piano era el mío y ese momento fue uno de los más lindos de mi vida. Era una
tarde de primavera, la hora de la siesta, mi hermana y yo recostadas hablando y
hablando. En un momento escucho que para un vehículo, mi hermana se apura a bajar las
persianas y me dice que juguemos a que es de noche y la primera que habla pierde. Me
engancho en el juego pero la curiosidad puede más y me levanto y voy para el patio
trasero. Me gana la sorpresa, mi papá y dos hombres más están entrando por la puerta
del garage algo muy grande, me parece reconocer la silueta del bulto. Si! es un... piano. No lo puedo creer y menos aún
puedo creer que hayan
guardado un secreto así. La
alegría no me cabe en el cuerpo, ahora ayudamos todos y finalmente el Piano queda
ubicado en el sitio de honor de la casa, en el comedor junto a los sillones.
Qué alegría, no lo puedo creer, tantos años yendo a la
casa de la profesora de piano a practicar y ahora lo haré en
casa, con más tiempo, más libertad. Dentro de unos meses empiezo el secundario y podré
seguir estudiando el piano.
Ese piano de roble reluciente
me acompañó muchos años y un par de mudanzas.
Me acuerdo de una en particular
en la que fue subido al ascensor parado de costado! cuando lo vimos pensamos que
ya no sonaría. Terminé la escuela secundaria, los estudios en el conservatorio y
comencé la universidad. Lo abandoné por falta de tiempo, aunque cada tanto, en
una reunión familiar volvía a los viejos clásicos. ¿Quien no se acuerda de Para Elisa?
Cuando me casé opté por
dejarlo en la casa de mis padres, el minúsculo departamento no tenía espacio.
Con los años fui abandonando
la idea de retomar la práctica y me conformé con la certeza de que alguien de la
familia lo hiciera. No fue así. Pasaron los años y para evitar mayor deterioro
decidimos con mi mamá venderlo. El día que se lo llevaron, yo, cobarde, no estaba. Le dejé el
dolor de la despedida a mis viejos. Creo que les doliò más a ellos que a mí. Yo
ya lo tenía internalizado y no lo podía perder.
Por eso debe ser que me
conmovió tanto la escena del piano del caserón de Banfield. Perdón viejitos.
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