Estoy
caminando con una piedrita en el zapato. No debe ser grande porque no me impide
caminar. Pero, sin embargo, no puedo dejar de pensar en ella. Me ensucia el pensamiento.
Pienso en su tamaño, color, ¿será una pequeña roca, un pedazo de baldosa, una
miga de pan seca…?
En
cualquier momento paro, me saco el zapato y se devela el misterio. Pero no lo
hago, ¿pudor? Puede ser. A medida que camino me voy convenciendo que no tiene importancia,
que no es para tanto, que puedo esperar. Si fuera muy grande no podría caminar,
sin embargo aquí estoy en el gerundio y nada me lo impide. Me da fiaca, me }digo.
Si paro pierdo el ritmo, continúo. Hasta estoy disfrutando por anticipado el
alivio que voy a sentir después, con su
ausencia. Sigo
adelante, el gerundio manda. Cada tanto debo apoyar el pie de manera no natural para
no sentirla tanto.
Pasó
un rato, casi estoy acostumbrada. Ya no pienso en sacarla, falta mucho para
llegar y no me preocupa. Es como el zumbido que al principio molesta, después
nos quedamos dormidos y cuando cesa nos despierta su ausencia. Así me siento yo
en este momento, no vaya a ser que si la saco no puedo seguir.
Me
doy cuenta que el minúsculo pedazo mineral se ha convertido en algo que
preserva mi integridad y me permite refugiarme en el gerundio.
De
repente es como si cobrara vida, se movió? Cambió de lugar o me parece?
Otra
vez ocupando todo mi pensamiento. Cómo puede ser, yo soy más que una estúpida
piedrita en el zapato. O no? Si paro y veo qué pasa, no, mejor no. No vaya a
ser que el pie
esté tan inflamado que después no pueda calzarme.
Ya
soy incapaz de concentrarme en otra
cosa, no soy dueña de mi pensamiento, ni siquiera
de mi acción. Solo pienso en seguir caminando para preservar la impunidad de la
estúpida piedrita. Llego a la esquina, el tránsito sigue su curso ignorándome,
no puedo parar, tengo que seguir, bocinazo, golpe, dolor, voces, no entiendo,
solo pienso: salven a mi piedrita.
San Carlos de Bariloche, septiembre 2013
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