Pedro yace muerto en un charco de
sangre. Su cuerpo es un dechado de desprolijidad de músculos, sangre, mugre. La
habitación, desolada, exhibe el mismo desorden: papeles, fotografías rotas,
vasos sin lavar, colillas de cigarrillos, botellas vacías. Una lámpara caída
con la bombilla rota, pelea, ¿forcejeos?
En un rincón una mujer joven llora, sostiene firmemente un cuchillo en
su mano. Llora sin convicción como si estuviera llenando un requisito o
cumpliendo con un ritual. Murmura algo: te dije que no me obligaras, siempre lo
mismo, me hiciste enojar y ves lo que pasó, vos tenés la culpa. Es de noche, está oscuro, una noche
negra sin estrellas.
Está cayendo la tarde, Virginia llega.
Su aspecto denota descuido, el pelo se pega al cuero cabelludo, es de un color
indefinido producto de la mezcla de sucesivas tinturas baratas. Su hermano está
semiinconsciente, tirado en el sillón con una copa a medio terminar en la mano.
No percibe su presencia, la de ella. Ella lo mira, como quien mira el mismo
panorama de siempre. Hay reproche en su mirada, la boca apretada no articula
ninguna palabra.
Vengo del cementerio, esperaba
encontrarte allí. Hoy tendrías que haber ido, un nuevo aniversario. En realidad
espero demasiado, si nunca te ocupaste. No había flores. Llevé un ramo de
siemprevivas. ¿Me escuchás?!!
Va a la cocina, vuelve con un vaso con
agua, se lo tira a su hermano en la cara, ninguno de los dos parece inmutarse.
Dejame tranquilo, querés!
Vuelve a la cocina con un tramontina en
la mano, sin decir nada se lo clava en la ingle a su hermano. La sangre mana
tibia y tranquila. Se dirige a un mueble de cajones. Saca un fajo de
fotografías. A medida que las mira las va rompiendo en pedazos, calmadamente,
la mirada perdida. Se detiene en una y empieza a gritar. Ves mamá, ves papá,
esto es lo que querían, la familia feliz. Acá está, lo mejor que pudimos hacer
una fracasada sin amor y un borracho perdido.
Horas antes había salido de su casa sin
rumbo fijo, se miraba en los vidrios de las vidrieras y no se reconocía. De a
ratos aparecía la rabia y lloraba en silencio. Las lágrimas les quemaban las
mejillas.
Se metió en un bar y pidió un café
doble. Se acordó del lugar, venían a tomar algo a la salida del cine los
cuatro. Ella siempre pedía un submarino, su hermano se mofaba y pedía una leche
con bay biscuit. Vistos a la vuelta de los años parecíamos una familia feliz. El
lugar está feo, ella está fea. Antes no, quince años atrás era un barcito bien puesto
en una calle prometedora, ella era una nena entrando en la pubertad, algo
gordita, algo bonita, algo prometedora.
Cinco años atrás, con un noviazgo
prometedor tuvo que hacerse cargo de sus padres, dos jubilados con la mínima y
la salud atacada, sobre todo la mental. Murieron en pocos meses, ella en marzo,
él en julio, una fría mañana. Su hermano ausente como siempre. Ella se hizo
cargo de todo y no le quedaron energías para sostener un noviazgo con poco
amor. Después de vender todo y hacer frente a las deudas sólo le alcanzó para
una modesta casita en los suburbios.
A los quince años el festejo fue una
fiestita con las amigas del colegio, su hermano no contribuyó más que con su
mejor amigo, que vino de compromiso. No hubo bailes, las chicas tiraron de las
cintas de la torta y se fueron temprano.
A los diez años volvían del colegio
caminando con su hermano, un año menor, tomados de la mano. Él molestó a un
perro callejero y ella recibió una fea mordedura en el tobillo y la penitencia
de su madre que la dejó sin mirar la tele durante una semana: sos una
irresponsable, tenés que cuidar a tu hermano, y si el perro lo mordía, ¿eh?
Cuando ella empezó el colegio tenía que
volver corriendo para quedarse con el hermanito ya que su madre concurría a un
taller de costura para ganarse unos pesos que después gastaba en maquillaje y
pestañas postizas.
No le iba bien y no tenía a quien
preguntarle, su padre volvía tarde y casi no se veían, además cada vez que se
ponía a hacer la tarea Pedro la molestaba y hasta llegaba a hacer garabatos en
su cuaderno.
Sus notas nunca fueron buenas y
sobrellevó la primaria como algo inevitable, el secundario nunca lo terminó,
total, como decía su madre, para ser vendedora de tienda no hace falta tanta
matemática y lengua.
Su hermano tenía una inteligencia sagaz
que le ayudó en sus años escolares, terminó el colegio secundario sin pena, ni
gloria y durante un par de años estuvo mintiendo sobre su supuesta asistencia a
la facultad. ¿Cuál? Nunca lo supo.
Ella creció con la convicción de que era
una segundona, a pesar de su condición de hermana mayor. A Pedro le sobraban
las novias, ella no conseguía pasar de la primera cita. Se consideraba aburrida
y aburría. No tenía amigas.
Cuando nació Pedro ella creyó que ese
cuerpito diminuto le cambiaría la vida. Veía la felicidad en la cara del padre,
que por fin tenía un hijo varón. Este sí que me va a acompañar a la cancha y va
a quedarse con el negocio cuando me jubile. Vos nena mejor aprendé a cocinar
así te conseguís un buen candidato, mirala a tu madre, quien lo hubiera dicho
casarse con un comerciante.
Pedro era la delicia de la abuela Marta,
de las vecinas, de la tía Mafalda. Ella pasó a un segundo plano más que nada
por su apartamiento de la realidad. Le gustaba leer subida a la rama de un
árbol. Todas las veces era interrumpida por su madre: Virginia bajate de ahí y
vení a quedarte con tu hermano que yo tengo que ir a la peluquería. Apurate
querés!
En ella y muy hondo fue creciendo una
rabia sorda, que le subía a la garganta y le impedía hablar. Era un nudo que no
dejaba pasar nada. Así se hizo fama de rara, de callada, de tímida. Junto con
eso se fue convenciendo que la culpa de todo era de Pedro. El representaba todo
lo que ella no. Era lindo, gracioso, le caía bien a todo el mundo, sus
travesuras movían a risa, era el rey de la casa. Ella se sentía como la
cenicienta sin el príncipe encantador.
Recordaba perfectamente el día que
decidió que en algún momento de su vida se vengaría de su hermano. El le había
arruinado la vida y tenía que pagarlo de alguna manera.
Esto se volvió una obsesión, no sabía
cuando, no sabía cómo, pero en algún momento lo iba a hacer.
Por otro lado, ella era pasiva, hasta el
extremo de parecer siempre falta de energía. Toda su energía se concentraba en
esa idea que no la abandonaba nunca.
Su hermano adulto fue un fracasado,
vivía de dar clases particulares y de los pesos que la madre le daba a
escondidas. Habitaba un pequeño departamento en el centro que le prestaba una
amiga a la que llamaba novia. La hermana
cada tanto era llamada por el encargado porque los vecinos se quejaban de los
escándalos propiciados por el hermano.
Esa tarde llegó con el convencimiento
que sería la última. Esto tiene que terminar, se dijo y fue a la cocina y buscó
el tramontina y se lo enterró a Pedro en su cuerpo, ese cuerpito menudo que
creyó que le iba a cambiar la vida. Y así fue.
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