martes, 22 de octubre de 2013

Abuelas




Yo tuve dos abuelas. Si, ya sé todos tenemos dos abuelas. Lo que quise decir es que conocí a las dos. Bien diferentes. María, española, austuriana, para más dato. Aspera, dura, con unos ojos negros que parecían traspasar cualquier materia. Nada demostrativa, ni cariñosa. Austera y reservada, a punto tal que sólo después de muerta supimos que tenía un segundo nombre: Amparo. Que paradoja, nunca me sentí amparada por la abuela María. Lo que sí recuerdo vívidamente son sus mermeladas. Manjar del cielo y las hacía de cualquier fruta: una manzana, medio limón,  una mandarina que nadie comió, y he ahí el milagro. Junto a sus habilidades de cocinera se destacaba su tosudez. Tanto que pasó sus últimos años sentada en su silla. Cuando murió hubo que quebrarle los huesos para enterrarla como a todo el mundo.
Dura y decente como pocas, mis respetos a esa montañesa que nunca abondonó su forma de caminar, pasos largos y media inclinada hacia adelante, como su afición a la vida austera, tal como la había conocido en Europa.
Mi otra abuela, Graciana, era la antítesis de María. Dulce, comunicativa, cariñosa. Nació en Villa Crespo, tan porteña como el obelisco. Sin embargo, cuando hablaba se refería a "nosotros los italianos". Su primera lengua fue las de sus padres y finalmente se casó con un  calabrés, mi abuelo Salvador. Cumplía los años el 25 de mayo. Ese día se sentía más argentina que Rimoldi Fraga, nadie participaba de su festejo si no portaba la escarapela. En el momento de la torta se cantaba el himno. Sí, el himno nacional argentino.
Tenía un don especial para tener a toda su familia alrededor, viuda precoz, dedicó el resto de su vida a sus hijas y sus nietos. Sus yernos la adoraban y para los sobrinos era la tía Gracia. Gracia era lo que le sobraba.
De las dos abuelas me acuerdo de los ojos. Ojos escrutadores, negros como agujeros, desafiantes de María. Ojos dulces, amorosos, verdes, grises, celestes? Ojos color del tiempo, como esa vieja película argentina.  Graciana, Gracia, ojos dulces, pícaros,  comprensivos.
No sé como está compuesta la mezcla de mi material genético. El ADN es único e irrepetible, nos da identidad y a su vez está formado por un montón de identidades que nos unen a otros tiempos a otros seres. No tengo los ojos claros de Graciana, tampoco son negros como los de María. Suelen ser más escrutadores que amorosos. Son curiosos por encima de todo. Me dicen que mi mirada atraviesa, trato de dulcificarla para que se quede más cerca. Para que ampare y no juzgue. Para que comprenda sin prejuicios.
Más allá del cariño que me unen a ellas siento que soy parte de una misma historia, con ellas, a pesar de ellas.
Seré abuela, no depende de mí. Cuando lo sea me gustaría estar cerca de mis nietos, sin invadirlos, sin ahogarlos, con una mirada pícara, profunda y cariñosa. Sin ocupar otro lugar que el de abuela. Como ellas, igual y muy diferente.
Ya habrán adivinado porque me llamo María Graciela.

Para Maria y para Graciana, a su memoria

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