Yo tuve dos abuelas. Si, ya sé todos tenemos
dos abuelas. Lo que quise decir es que conocí a las dos. Bien diferentes.
María, española, austuriana, para más dato. Aspera, dura, con unos ojos negros
que parecían traspasar cualquier materia. Nada demostrativa, ni cariñosa.
Austera y reservada, a punto tal que sólo después de muerta supimos que tenía
un segundo nombre: Amparo. Que paradoja, nunca me sentí amparada por la abuela
María. Lo que sí recuerdo vívidamente son sus mermeladas. Manjar del cielo y
las hacía de cualquier fruta: una manzana, medio limón, una mandarina que nadie comió, y he ahí el
milagro. Junto a sus habilidades de cocinera se destacaba su tosudez. Tanto que
pasó sus últimos años sentada en su silla. Cuando murió hubo que quebrarle los
huesos para enterrarla como a todo el mundo.
Dura y decente como pocas, mis respetos a
esa montañesa que nunca abondonó su forma de caminar, pasos largos y media
inclinada hacia adelante, como su afición a la vida austera, tal como la había
conocido en Europa.
Mi otra abuela, Graciana, era la antítesis
de María. Dulce, comunicativa, cariñosa. Nació en Villa Crespo, tan porteña
como el obelisco. Sin embargo, cuando hablaba se refería a "nosotros los
italianos". Su primera lengua fue las de sus padres y finalmente se casó
con un calabrés, mi abuelo Salvador.
Cumplía los años el 25 de mayo. Ese día se sentía más argentina que Rimoldi
Fraga, nadie participaba de su festejo si no portaba la escarapela. En el momento
de la torta se cantaba el himno. Sí, el himno nacional argentino.
Tenía un don especial para tener a toda su
familia alrededor, viuda precoz, dedicó el resto de su vida a sus hijas y sus
nietos. Sus yernos la adoraban y para los sobrinos era la tía Gracia. Gracia
era lo que le sobraba.
De las dos abuelas me acuerdo de los ojos.
Ojos escrutadores, negros como agujeros, desafiantes de María. Ojos dulces,
amorosos, verdes, grises, celestes? Ojos color del tiempo, como esa vieja
película argentina. Graciana, Gracia,
ojos dulces, pícaros, comprensivos.
No sé como está compuesta la mezcla de mi
material genético. El ADN es único e irrepetible, nos da identidad y a su vez
está formado por un montón de identidades que nos unen a otros tiempos a otros
seres. No tengo los ojos claros de Graciana, tampoco son negros como los de
María. Suelen ser más escrutadores que amorosos. Son curiosos por encima de
todo. Me dicen que mi mirada atraviesa, trato de dulcificarla para que se quede
más cerca. Para que ampare y no juzgue. Para que comprenda sin prejuicios.
Más allá del cariño que me unen a ellas
siento que soy parte de una misma historia, con ellas, a pesar de ellas.
Seré abuela, no depende de mí. Cuando lo sea
me gustaría estar cerca de mis nietos, sin invadirlos, sin ahogarlos, con una
mirada pícara, profunda y cariñosa. Sin ocupar otro lugar que el de abuela.
Como ellas, igual y muy diferente.
Ya habrán adivinado porque me llamo María
Graciela.
Para Maria y para Graciana, a su memoria
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